Nos encontramos en un momento muy especial de la Historia de este paÃs de paÃses. Un momento especial, porque el efecto de los errores que cometamos en los próximos cinco años se extenderá por lo menos durante veinticinco o treinta años más.
Si permitimos que la actitud antidemocrática del fiscal y el juez de la Audiencia Nacional se conviertan en una suerte de costumbre aceptada; si nos dejamos atemorizar sin oponer atrevida resistencia, entonces, habremos dejado pasar una oportunidad irrepetible.
Alguien está reconstruyendo viejos muros contra la razón y el pensamiento libre: el muro de la intolerancia, el de la censura, el de la "opinión" a sueldo, el del panem et circenses, el de la instrumentalización polÃtica de la Justicia... Ante eso, si nos amedrentamos y regresamos dócilmente a la misma clandestinidad de la que salieron nuestros padres, entonces, será mucho más difÃcil que alguien vuelva a tomar un cuaderno de dibujo, una cámara de fotos, o un procesador de textos, y se atreva a cuestionar públicamente el carácter injusto de una monarquÃa impuesta por las armas.
Nada es gratis. Nunca un derecho se obtuvo a cambio de nada. Es necesario arriesgar y comprometernos para avanzar en la defensa del bien común. Con inteligencia, en paz , asumiendo los errores como parte del precio de la victoria, con valentÃa y alguna baja. Por eso, os invito a la duda, al ejercicio de la reflexión compartida, a través de cualquier forma de expresión pacÃfica. Neguémonos a aceptar lo injusto, aprendamos a desobedecer con naturalidad, porque de lo contrario seguirÃamos quemando vivas a las sospechosas de brujerÃa, a los cientÃficos, los visionarios, los malditos, los erejes y endemoniados...
Estamos en 2007, esperar es ceder, y ceder, retroceder. Setenta años sin democracia deberÃan ser suficientes. ¿Permitiremos que además nos hagan callar? En Francia decÃan que crear es resistir, y resistir, crear. Si renunciamos a seguir creando, renunciaremos también a resistir, y entonces todo habrá sido en balde: los muertos de las cunetas, los años de cárcel, las mentiras en las aulas, el caudillo bajo palio, los osos del Cáucaso, recordar nuestra propia lengua, mantener la identidad, saber siquiera de la existencia de ciertos valores... todo estará perdido.
Soy Jaume d’Urgell, y estoy desobedeciendo. ¡Movámonos! ¡Hagamos que otros desobedezcan también!
¡Salud y República!








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