Vie12142018

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El siglo XXI está sobrevalorado. Uno lee y escucha a personas que se indignan porque "es una vergüenza que esto o aquello ocurra en pleno siglo XXI", como si las campanadas del año 2001 hubieran anunciado la transición ejemplar hacia un nuevo mundo donde la razón se impondría por fin sobre la barbarie. En las vísperas de aquél año sonaba "War is over" en los centros comerciales, pero el imperialismo tenía reservada otra melodía para la inauguración del nuevo milenio. El siglo XXI se estrenaba con el sonido de las bombas explotando sobre la ciudad de Bagdad, y antes de finalizar el año fuimos testigos de la ocupación militar de Afganistán. En el Estado español estrenábamos moneda, y la clase trabajadora andaba preocupada porque con el redondeo del euro había subido el precio del pan y el café. Pero el siglo XXI solo acababa de empezar y, lejos de dibujar las expectativas de un mundo más amable, éste prometía la continuidad del belicismo imperialista y la explotación salvaje de la clase obrera internacional. Así hemos comprobado, a lo largo de la última década, como los capitalistas han seguido organizando el saqueo del planeta, peleando y repartiéndose el mundo a pedazos a costa de los millones de víctimas que las guerras y el hambre van dejando a su paso. Aquella bestialidad imperialista de la que hablaba el Che Guevara en la década de los 60 parece seguir siendo hoy, en pleno siglo XXI, la principal característica de los países capitalistas.

Esta falsa ilusión de progreso social que se le atribuye al siglo XXI ha sido muy extendida entre las llamadas clases medias que, en los países imperialistas, han tenido hasta ahora acceso a una gran variedad de productos y bienes de consumo, así como a los servicios públicos o las ayudas sociales, imposibles de sostener sin la implacable bestialidad y explotación ejercida sobre otros países subyugados por el imperialismo. Pero los años de bonanza económica se acabaron para nosotros y nosotras. El estado de bienestar se desvanece y aunque asistimos a una proletarización acelerada de las clases medias, sigue existiendo, en la mentalidad de millones de trabajadores, la confianza en que los mecanismos "democráticos" del sistema capitalista pueden corregir el rumbo de los acontecimientos. La esperanza de que una opción política diferente en las urnas no solo pueda sacarnos de la crisis reformando las entrañas de la bestia, sino que además pueda transformar a la bestia misma. 

La consigna del "sí se puede" es, en resumen, la ilusión engañosa defendida por reformistas de todo pelaje, de que es posible construir una Unión Europea verdaderamente democrática. De que es posible construir un capitalismo de rostro humano, amable, pacifista y sostenible. Bien por ingenuidad o bien por mezquindad, los defensores de tales teorías, que no son nuevas en absoluto, no hacen sino vender humo. Un capitalismo de rostro humano es tan posible como un león vegetariano. Ahora bien, esta afirmación no implica un rechazo dogmático a cualquier intervención sobre el terreno parlamentario. Pueden darse las condiciones en las que, desde una estrategia revolucionaria, sea conveniente la participación en unas elecciones burguesas y la lucha en el ámbito institucional. El problema es que la bestialidad imperialista de la que hablaba el Che Guevara, encarnada en la maquinaria de la UE y la OTAN, no permitirá ni una sola reforma contraria a los intereses del capital monopolista europeo, y no se dan las condiciones de organización popular, ni tan siquiera para defender las más tibias reformas propuestas en los programas del oportunismo electoralista. Sin embargo, quienes defienden la idea de un proceso "revolucionario" iniciado a través de un gobierno progresista o una representación parlamentaria dentro del capitalismo, tratan de buscar los referentes históricos que demuestren la viabilidad de su propuesta. Son habituales las referencias a la Revolución Bolivariana de Chávez y las luchas por la soberanía que se están jugando en el continente latinoamericano. 

Hay quienes, desde una perspectiva pretendidamente revolucionaria, han entendido que la candidatura Podemos es el referente que trata de mimetizar el proyecto bolivariano de Venezuela en el Estado español. Lo cierto es que existen, al menos superficialmente, algunas coincidencias entre Podemos y el Movimiento Quinta República (MVR,) que llevó por primera vez a Chávez al Palacio de Miraflores. Ambos proyectos se cohesionan en torno a la figura de un líder. Ambos proyectos se definen como "movimientos" en contraposición a la idea de partido tradicional, sin asumir a una definición ideológica concreta. El lenguaje de la candidatura Podemos es sospechosamente similar a los del MVR: "devolverle al pueblo su soberanía: hacer realidad el poder constituyente", "el diseño de una democracia genuinamente participativa, donde se eleve el rol protagónico de la ciudadanía", etc. La "segunda fase" anunciada por Podemos el pasado mes de febrero planteaba el impulso de los llamados "círculos podemos", muy en la línea de los "círculos patrióticos" del MVR, hoy conocidos como "círculos bolivarianos". De hecho, para justificar la tibieza del discurso de Podemos es habitual escuchar el argumento de que Chávez tampoco hablaba de socialismo antes de ganar las elecciones, (aunque éste éxito electoral fue fruto de una coalición con grupos que si planteaban abiertamente el socialismo como el PCV o el MAS)

Tras el fracaso histórico de la llamada "vía chilena" ¿Es la victoria del MVR el referente histórico que demuestra la viabilidad de la transición pacífica al socialismo a través de reformas revolucionarias? Habría que señalar que, a pesar de las conquistas sociales conseguidas en la tierra de Bolívar, el capitalismo sigue siendo hoy por hoy el modelo económico vigente en Venezuela. No obstante, cuando se apunta a la Revolución Bolivariana como el faro que ha de alumbrar el camino a seguir en el Estado español, suelen obviarse algunos factores coyunturales, algunas condiciones objetivas y subjetivas de cierta importancia. En primer lugar es necesario comprender que el Estado español ocupa un lugar en el bloque del imperialismo europeo, mientras que Venezuela se encuentra en el polo de los países oprimidos por el imperialismo, hecho que se traduce, entre otras cosas, en la muy superior agudización de las contradicciones de clase en Venezuela, que por la década de los años 90 aguantaba hasta un 80% de pobreza. Tenemos además el hecho de que España no es el país con la mayor reserva de petróleo del planeta, condición que ha posibilitado las reformas sociales de Venezuela en los últimos años. O el hecho de que en el año 2002, en pleno siglo XXI, la bestialidad imperialista organizó un golpe de estado contra el Gobierno de Chávez que solo pudo frenarse con el apoyo decidido de un amplio sector del Ejército Venezolano. Apoyo que solo puede entenderse por el origen militar del MVR, la influencia de Chávez en el Ejército Venezolano y las condiciones subjetivas en el seno del mismo, cuestión absolutamente determinante para la consolidación del proceso de reformas en el país.  

Estas son solo algunas de las diferencias coyunturales entre el Estado español y la Venezuela de 1998. La creencia de que pueden plantearse reformas similares para el Estado español desde la UE es una ingenuidad propia de los reformistas y la mentalidad pequeño-burguesa en el seno de la clase obrera que, en pleno siglo XXI, presupone el respeto de la burguesía monopolista a la legalidad, a los principios democráticos y la soberanía de los pueblos.

El argumento del miedo ante el auge electoral del fascismo en Europa es otro de los grandes filones electoralistas. El fascismo es, según la acertada definición recogida en el Diccionario de Filosofía Marxista, "la tendencia política más reaccionaria en el mundo capitalista, la dictadura terrorista descarada de los círculos más chovinistas y agresivos del capital monopolista". Es innegable que el auge del fascismo es una realidad en Europa, pero es ingenuo plantear que la victoria de una candidatura de izquierdas frenará el avance del fascismo una vez que la burguesía monopolista decida desatarlo en defensa de sus propios intereses. Precisamente, en los últimos meses hemos sido testigos de cómo la UE ha propiciado un golpe de Estado en Ucrania, utilizando a la derecha nazi-fascista como punta de lanza. En pleno siglo XXI vuelven los muchachos de la esvástica, de nuevo, de la mano del capital monopolista. 

Pero el caso del fascismo en el Estado español es particularmente diferente al de otros países del continente europeo. No en vano, la caracterización del Estado has sido y es motivo de debate dentro del movimiento comunista. Si aceptamos que vivimos en una democracia burguesa no podemos dejar de reconocer que, en tal caso, ésta democracia burguesa está dirigida por fascistas. El poder militar, el poder económico y, en consecuencia, el poder político en este país sigue siendo de los que ganaron la guerra en el 39. Por lo tanto, no cabe esperar que los fascistas "tomen el poder" en el Estado español, puesto que nunca lo abandonaron. Lo más que podemos esperar es que, ante la agudización de la lucha de clases y el avance de la clase obrera, el capitalismo español muestre su verdadero rostro fascista, cosa que ya empieza a ser una realidad a la vista de las políticas represivas que estamos viviendo en los últimos tiempos, con el silencio cómplice y cobarde de la burguesía progresista representada en la socialdemocracia. Los representantes del gran capital en España siguen siendo las mismas familias que amasaron sus fortunas durante el franquismo, y su carácter reaccionario es tan evidente que resulta ingenuo pensar en la posibilidad de expropiar a los bancos, o rechazar el pago de la deuda sin la reacción terrorista del gran capital, español y europeo. Fue precisamente una victoria electoral, la del Frente Popular en el 36, la que provocó la reacción terrorista de la burguesía y el fascismo español contra la constitución de un gobierno popular elegido en las urnas. 

Los fascistas, como bien nos explicó Bertolucci en la película "Novecento", no son como los hongos, que nacen así en una noche. Han sido los patronos los que han plantado los fascistas, los han querido, les han pagado. Se equivocan terriblemente quienes piensan que, en pleno siglo XXI, esta historia no puede volver a repetirse, porque estén seguros de que, llegado el momento, la clase dominante no dudará en desatar a la bestia imperialista que lleva dentro, la fiera sedienta de sangre del capital financiero, que diría Dimitrov. No sobrevaloremos al siglo XXI. Es necesario que nos preparemos para lo peor.

F.Pianiski, militante de Iniciativa Comunista