Jue11232017

Last update08:48:42 PM

El 26-J o la fiesta de la democracia

Escuchando a algunos comentaristas de la política parlamentaria casi podría parecer que tenemos que sentir cierta satisfacción porque nuestra modélica democracia burguesa haya llegado a tal nivel de desarrollo que nos permita disfrutar de bloqueos parlamentarios, repeticiones electorales y todos esos detalles entrañables que en otros países «avanzados» parecen ser una prueba de la solidez de los principios democráticos. La realidad es que ante la mayor crisis económica en un siglo y todas sus causas y consecuencias (guerras, pobreza, catástrofe migrante y humanitaria, ataque frontal contra un ya de partida muy precario «Estado de Derecho», crisis ecológica, etc) el sistema ha decidido darse un respiro de casi un año. No descansan los cuerpos represivos o los pilares legales que sostienen la explotación capitalista, pero que en el Congreso se haga más o menos o que el Gobierno lo sea en funciones o no al final no parece tener tanta importancia. Quizás, inspirados por el aniversario del 15M, los burgueses han decidido que ellos también van despacio porque van lejos.

Soy optimista y no creo que vayamos a vivir un eterno retorno electoral. A fuerza de repetir elecciones, la sucesión de «oportunidades históricas», segundas y terceras Transiciones, nuevas y excitantes coaliciones electorales y el pasar por encima de líneas rojas que hasta ayer eran innegociables al final de una manera o de otra se formará un nuevo gobierno. Aquí me siento obligado a repetir una valoración que por desgracia no parece perder su vigencia. La cuestión no es votar o no votar, participar en el terreno electoral o no, sino cómo se participa y con qué objetivos. La gestión de un Estado capitalista en crisis nunca ha sido parte del programa comunista. No es nuestra tarea resucitar cadáveres de una clase ajena, y precisamente esa misma coyuntura de crisis aguda impondrá a cualquier gobierno futuro, pretenda ser progresista o no, unos límites de actuación muy definidos. No deberíamos necesitar repetir el mismo experimento 100 veces esperando algún tipo de milagro, por desgracia la historia habla con bastante claridad. Tsipras, hasta hace muy poco la gran esperanza de la izquierda europea, sigue aplicando en Grecia recortes criminales y antisociales. Podrá plantear que no tiene alternativa, y en cierto sentido no le falta razón, pero lo mismo decían sus antecesores. Ni siquiera los que se peleaban por ser la «Syriza Española» le defienden ya. El reformismo moderno quema etapas e ídolos con la velocidad que requiere el espectáculo mediático. Incluso asistimos a un aparente colapso del llamado «Socialismo del siglo XXI» en Latinoamérica, en donde gobiernos progresistas caen uno detrás de otro sin oponer demasiada resistencia. Quizás los más espabilados ya estén buscando el socialismo del siglo XXII. Nada más lejos de mi intención que caer en el cinismo o en un análisis externo que se desentiende de la tragedia de lo inmediato. Es precisamente porque siento la urgencia de nuestra situación por lo que creo que hay que defender que ya tenemos herramientas más que suficientes para evitar a nuestra clase más décadas de experimentos sin salida e ilusiones rotas.

En cualquier caso es innegable que la repetición de las elecciones nos deja algunos elementos positivos. Hay una evidente clarificación y consolidación política e ideológica. Una vez abandonadas ciertas aspiraciones sobredimensionadas y algunos principios menores y sin importancia (la pertenencia a la OTAN y la Unión Europea, el mínimo absoluto que supone el cuestionamiento de la monarquía, nada grave) parece que se consolida una coalición electoral amplia de buena parte de la izquierda socialdemócrata. Algunas adhesiones se justifican con argumentos un poco peregrinos, y sin querer cuestionar la honestidad de las intenciones de nadie sí que sea quizás útil recordar a nuestros clásicos cuando decían que el oportunista más peligroso es el oportunista honesto.

Sí me gustaría dirigirme directamente a los y las comunistas que con su esfuerzo y trabajo diario

sostienen organizaciones que vuelven a caer en la misma fosa que en algunos casos llevan cavando varias décadas. Camaradas, todavía se puede salir. Gente con muchísima más capacidad organizativa intentó «cambiar el sistema desde dentro» y acabó engullida. Nosotros y nosotras estamos peor. Gente con muchísima más capacidad de incidencia intentó «cambiar el Partido desde dentro» y acabó engullida. Nosotros somos menos y más débiles. Cada cartel electoral pegado para una lista con ex-generales de lo OTAN es una pérdida de tiempo y una catástrofe. Cada defensa de un gobierno, propio o extranjero, que aplica los recortes del «mal menor» es una pérdida de tiempo y otra mentira más a nuestra clase. A día de hoy no existe un Partido Comunista en nuestro Estado, y cada día que se trabaja en un fetiche sin vida por sus siglas en vez de trabajar por la reconstitución real de nuestro Partido es un día perdido. No tenemos más remedio que ganar, porque la alternativa es la barbarie, pero tampoco podemos seguir poniendo piedras en el muro equivocado. El tiempo apremia.

Pedro Carballo, militante de Iniciativa Comunista