Jue11232017

Last update08:48:42 PM

El post-marxismo, el achaque senil del revisionismo

Hace poco escuché una entrevista a un activista encuadrado en el ámbito del situacionismo. Teórico de la “economía del conocimiento”, de la transición pacífica a un mundo post-capitalista, el entrevistador le preguntaba sobre las razones para abandonar total o parcialmente el marco del marxismo. ¿Por qué ya no sirve? ¿Qué problemas tiene? Sus argumentos venían a ser los siguentes: los marxistas son unos dogmáticos sin remedio, adoradores de textos muertos que pretenden encontrar las respuestas a todo problema en las notas a pie de página del “El Capital”. Se plantan en un capitalismo decimonónico de máquinas de vapor y obreros con la cara llena de hollín, y se niegan a aceptar o ni siquiera estudiar los cambios que hayan podido producirse en el mundo desde entonces. Poco se puede hacer si se niega la realidad, si la confundimos con el espejismo que hemos creado en base a unos textos obsoletos, y esto explica la derrota histórica del marxismo en nuestro contexto social. Rompamos con el pasado y empecemos de cero, los gigantescos cambios que hemos vivido lo justifican.

Este tipo de comentario es bastante común, lo comparten gran número de individuos y movimientos políticos que por diversas razones no ven utilidad en el trabajo de los marxistas. Se echaban en falta en la entrevista otros lugares comunes (como el supuesto fracaso del “socialismo real”), pero creo que es importante tener una respuesta clara al argumento concreto de la caducidad teórica de Marx y sus seguidores. Lo primero que podemos decir de estas acusaciones es que son, en gran medida, una caricatura. En todo movimiento amplio existirán siempre muchas tendencias y formas de hacer las cosas, algunas de ellas contradictorias o incluso antagónicas. La izquierda marxista no se libra de esta carga, sino que de hecho una de sus principales caracteristicas históricas es su gran división interna. ¿Existen en el marxismo dogmáticos pseudo-religiosos que tratan de amoldar la realidad a una teoría estática? Claro que sí. ¿Tiene sentido derrumbar todo el marxismo y anunciar su muerte por ello? No lo tiene. Si queremos justificar el abandono de una teoría es imprescindible presentar primero dicha teoría en su forma más racional, consistente o “fuerte”. De poco sirve construir engendros en los que los propios marxistas no se reconocerían para después derribarlos entre carcajadas. Hasta aquí hay poco de sorprendente. Todos tendemos en mayor o menor medida a ridiculizar a nuestros adversarios políticos, y aunque sea triste es raro que alguien se moleste en adquirir un conocimiento preciso de otras teorías antes de buscar sus puntos débiles.

Tenemos que entrar por lo tanto en el meollo del asunto. Es evidente que el mundo de hoy en día no es el mismo en el que vivió Marx. El problema no es el de ignorar los cambios que ha habido, cosa que nadie en su sano juicio haría (y de ahí la caricatura), sino responder a lo siguiente pregunta: ¿hasta qué punto son fundamentales esos cambios? ¿invalidan en lo esencial las tesis de Marx? En el contexto de la descripción del modo capitalista de producción, podemos resumir a Marx de la siguiente forma: el modo de producción capitalista enfrenta a dos clases antagónicas definidas principalmente por su relación con los medios de producción. Una clase, los capitalistas, son dueños de esos medios de producción. La otra, los proletarios, no poseen más que su fuerza de trabajo, que deben vender a los capitalistas a cambio de un salario para poder sobrevivir. El objetivo de dicho sistema no es la satisfacción de las necesidades humanas, sino la acumulación constante de riqueza. La riqueza, en el capitalismo, proviene íntegramente del trabajo humano, y el mecanismo para su acumulación consiste en pagar a los trabajadores una cantidad menor de valor del que producen con su trabajo. Llamamos a esa diferencia “plusvalía”. Los intereses contrapuestos de ambas clases, una que quieren acumular riqueza en forma de plusvalía, otra que lucha para no verse obligada a generar dicha plusvalía, se traducen en una lucha constante. Esta lucha de clases es en última instancia el motor de todo cambio social.

Un detalle que tendemos a olvidar es que el sistema que Marx presentaba en su obra a mediados del siglo XIX no era tanto una descripción de su presente, sino una extrapolación de lo que sería el futuro del mundo de seguir su desarrollo por el camino capitalista. De ciertos núcleos industriales en el Reino Unido, el Norte de Europa y la costa Este de Norte América, dice Marx, el capitalismo se extenderá por todo el planeta arrasando con cualquier modo de producción o forma de organización social anterior. No sólo por un deseo consciente de algunos individuos, sino porque así lo exigen las leyes que rigen su funcionamiento y que él descubrió. Así ocurrió, y el siglo XX es en cierto sentido nada más que la historia de la expansión del capitalismo y las constantes luchas para detenerlo. Semejante poder predictivo debería al menos hacernos pensar que quizá el marxismo puede enseñarnos algo útil, pero como bien se nos dice el marxismo no acaba con Marx, y todavía hay más.

¿Qué puede llevar a alguien a defender que el modelo descrito por Marx no tiene vigencia? El origen de casi todas las teorías post-marxistas suele estar en los centros capitalistas más avanzados, lo que se suele llamar “primer mundo”. Aunque existe gran diversidad, ciertos patrones se repiten en ellos: un aumento sin precedentes de la abundancia material en el último siglo. La capacidad, hasta cierto punto, de la convivencia de clases antagónicas en un Estado “democrático” y “pacífico”. Un proceso acelerado, en las últimas décadas, de “desindustrialización”, en donde ganan cada vez más peso los sectores de los servicios, de las finanzas y del “conocimiento”. ¿No contradice esto a Marx? ¿Acaso no vemos con nuestros ojos una distribución razonablemente equitativa de la riqueza, una cancelación de la lucha de clases, un abandono del trabajo como generador de prosperidad? Las empresas más poderosas ya no fabrican coches o televisores, sino que generan dinero de la nada en sus ordenadores, trafican con bits y dan servicios a terceros. Si esto ocurriese en todo el planeta de manera uniforme estaríamos de hecho ante un cambio difícil de comprender desde un punto de vista marxista, pero la realidad es muy diferente.

La realidad es que existe una relación directa entre la prosperidad de los países capitalistas avanzados y la miseria del resto del planeta. La realidad es que la mejora casi constante del nivel de vida de amplios sectores del “primer mundo” se paga con el trabajo, con la plusvalía, de miles de millones de seres humanos que viven fuera de las fronteras muy bien defendidas de ese “primer mundo”. La realidad es que esas democracias pacíficas, ese abandono parcial y temporal de la lucha de clases, sólo son posibles en lugares saturados de riqueza que no les pertenece. No se dan en ningún otro lugar de forma estable, y se vuelve incluso inestable en los países más ricos cuando cambian las condiciones que garantizan ese flujo constante de plusvalía. La realidad, en fin, es que las fabricas que desaparecen en el “primer mundo” no se esfuman en el aire, sino que se trasladan a otros lugares donde su gestión es más rentable para los capitalistas. Se crea asi una división brutal, focos de riqueza y prosperidad en un lado que viven de mantener y utilizar la miseria más abyecta en el resto del planeta. La división que Marx aprecia en el capitalismo Inglés del siglo XIX, unos pocos ricos capitalistas y masas proletarias sin nada que perder que no fuesen sus cadenas, se cristaliza así a nivel internacional, donde los Estados juegan casi el papel que en el pasado jugasen las clases. Hablamos del Imperialismo, el aspecto que adopta el capitalismo en nuestra era.

La realidad de este Imperialismo no sólo se explica de forma satisfactoria dentro del marxismo, sino que su comprensión marca un hito en el desarrollo del mismo después de Marx. Lenin fue el primero en comprender de una forma sistemática el proceso histórico que lleva del capitalismo al Imperialismo, el primero en apreciar las consecuencias nefastas que dicho proceso tiene para las perspectivas revolucionarias en los núcleos imperialistas. Llegamos por este camino a la que quizá es su observación más importante en términos políticos: el mayor peligro para el marxismo en los centros imperialistas lo constituyen el oportunismo y el revisionismo. Oportunismo que consiste en sacrificar la posibilidad de una revolución, de alcanzar los intereses objetivos de todo proletario, por reformas parciales que a la larga no hacen más que fortalecer el propio sistema. Revisionismo que abandona las tesis fundamentales de Marx, que declara el fin de la lucha violenta de clases y defiende la posibilidad de alcanzar acuerdos pacíficos y gradualmente hacer más humano un sistema que no lo es en absoluto. Estos son los mayores peligros porque es únicamente en los países imperialistas donde pueden existir como opción real de hacer política. Sólo donde se acumula la riqueza de todo el mundo puede existir la posibilidad de repartirla de forma más justa si la alternativa es una revolución. Sólo donde eso ocurre puede pervivir la ficción de un Estado neutral y pacífico que cualquiera puede usar para hacer prosperar sus intereses. Es tan fuerte esa tendencia, de hecho, que el propio Lenin acaba asumiendo que la iniciativa revolucionaria se moverá de esos centros imperialistas a los países oprimidos, tesis que de nuevo la historia se ha encargado de corroborar: Rusia, China, Corea, Cuba, Vietnam, …

Llegamos así a una paradoja interesante. No es que el marxismo haya perdido vigencia, es que de hecho la mejor forma de entender las teorías post-marxistas sigue siendo el propio marxismo. Es hasta cierto punto normal que un “ciudadano” del “primer mundo” piense que el trabajo como fuente de riqueza, la fabricación de mercancias, ya no puede ser el motor del capitalismo. Muchas fábricas, y cada vez más, han sido trasladadas fuera de sus fronteras, y su experiencia diaria con la producción se reduce a las estanterías de su centro comercial más cercano que se reponen mágicamente con todo tipo de artículos. Él no los fabrica, ni tampoco conoce a nadie que lo haga. Quizá un amigo de un amigo sí trabaja todavía fabricando alguna cosa, pero con el paso de los años es algo cada vez más raro. La gente más próspera de su entorno se dedica a hacer juegos del iPhone, son abogados, o brokers de bolsa, en su vida han tocado un martillo o un tractor o dan trabajo a nadie que lo haga. Cuando golpean las crisis cíclicas capitalistas quizá alguien en la televisión diga que parte del problema es que en su afán constante de acumulación el capitalismo trata de deshacerse de un peso, el trabajo humano, que es en realidad su anclaje con el mundo. Que toda riqueza “creada” moviendo bits y no con sudor puede servir como instrumento de crédito pero no es una riqueza real. Quizá alguien diga que existen hoy en día más obreros industriales en el mundo que nunca antes, que simplemente viven en otros países donde es posible pagarles unos céntimos por hora. Quizá alguien diga que nuestro Estado democrático, en esas crisis, no duda en sacrificar a los trabajadores para salvar a los capitalistas, y que por tanto la lucha de clases puede estar adormecida pero es todavía muy real. ¿Pero no son estos los marxistas dogmáticos que se aferran a sus textos muertos? ¿Cómo van a tener razón si son tan pocos? ¿No es posible llegar pacíficamente a un mundo mejor sin que yo pierda ninguno de mis privilegios?

¿Qué es, a fin de cuentas, el post-marxismo? El post-marxismo es el sueño del “ciudadano” imperial que confunde su realidad parcial con la realidad total del capitalismo. Que pretende que todos pueden en principio vivir como él. Que el hecho de que en otros países reine la miseria mientras se produce casi toda la riqueza debe ser coyuntural y nunca fundamental. Que su fidelidad a las políticas oportunistas y reformistas que mejoran su vida a costa de la pobreza de otros no tienen nada que ver con su situación material, y que si esos otros no hacen lo mismo será por diferencias culturales insuperables. Su religión primitiva. Que allí hace mucho calor. Que son vagos. Algo de eso. Que incluso en el medio de las crisis más brutales, cuando su modo de vida peligra, se resiste en comprender el capitalismo como un fenómeno global y aglutinador. Que elige como primera opción política las promesas vacías de una vuelta al “Estado del Bienestar”, por muy improbable que parezca. Que sueña con crear aquí y ahora economías basadas en el conocimiento, o la felicidad, o cualquier otra cosa que no sea el trabajo de los más desposeídos. Esta forma de pensar existe como ideología latente entre gran parte de la población de los centros imperialistas, y se condensa como teoría post-marxista, bajo tantos nombres, cuando es defendida de forma explícita y abierta por politólogos e ideólogos.

Contra el post-marxismo no cabe otra opción que recuperar el marxismo. No un marxismo dogmático, muerto, sino un marxismo que explica mejor que nadie la realidad en la que vivimos. Una realidad en la que los que verdaderamente no tienen nada que perder, la gran mayoría, trabajan largas horas en condiciones terribles por un sueldo ridículo, mientras la riqueza que producen se acumula en unos pocos países que seguramente nunca visiten. Una realidad donde la lucha entre ellos y sus opresores todavía mueve el mundo, y en donde esa lucha, aunque aletargada, todavía rige el destino de los propios países más favorecidos. Una realidad en donde todavía es primordial nuestra separación forzada de los medios necesarios para nuestro sustento y del fruto de nuestro trabajo. Un fruto del que se apropia un pequeño grupo de personas que pretenden ser simplemente “ciudadanos” cuando no son otra cosa que capitalistas. El post-marxismo es, en fin, el muro que construye el oportunismo para ignorar la realidad que hace posible su existencia. Sólo nos queda forjar de nuevo el martillo que debe derrumbarlo de una vez por todas, y para ello sigue sin haber mejor acero que el del marxismo.

Escrito por "Agente burgués", fuente original: cappoferro.