Mié03202019

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La medicación y el trabajo asalariado

Orfidal, Noctamid, Lexatin, Valium, Trankimazin, Tranxilium... son solo algunos de los nombres de medicamentos ansiolíticos, utilizados para tratar una gran variedad de síntomas: ansiedad, ataques de pánico, insomnio, convulsiones o rigidez muscular. Conocidos como 'benzodiazepinas', estos fármacos provocan una sensación de relajación y de somnolencia, que, empleados de acuerdo a los usos autorizados y durante el tiempo pautado, pueden ser de utilidad. Sin embargo el Estado español es líder europeo en el consumo de estos principios activos1, de los que se sabe que provocan, a medio-largo plazo, tolerancia (se necesita cada vez más dosis para lograr el efecto deseado) y dependencia (la interrupción del consumo provoca en algunas ocasiones la aparición de un síndrome de abstinencia). En el Estado español en solo 12 años (2000 - 2012) el consumo de estos fármacos ha aumentado un 57 %2.

El consumo de estos fármacos presenta dos realidades. La primera, que su uso se cronifica en el tiempo, de modo que lo que debería ser un consumo limitado para superar una situación especial se convierte en un abuso continuado en el tiempo, sustentado además por algunos médicos que prescriben de forma crónica, mafias especializadas en el robo de talonarios de recetas y sellos de médico para emitir recetas falsas, hurtos a farmacias o incluso a personas mayores y un canal extra-facultativo, un auténtico mercado negro donde dichas sustancias se pueden conseguir por Internet o a través de gente que sí las tiene prescritas, que revende cajas recogidas en la farmacia por unos pocos céntimos a 70 y 80 euros cada una (si bien este canal es, por suerte, minoritario). La segunda realidad, causa y consecuencia de la primera, es la sobreprescripción: los ansiolíticos se prescriben sin apenas ningún tipo de filtro e incluso como complemento a tratamientos que nada tienen que ver (por ejemplo, el dolor de una extracción dental), derivado de la propia precariedad que vive nuestro sistema sanitario: la paciente acude a consulta buscando una solución a sus problemas, mientras que el médico apenas tiene 5 minutos para atenderla y mandarle el tándem antidepresivo - ansiolítico, del que se sabe cuándo se entra, pero no cuándo se sale.

Trabajadoras que no pueden dormir por la noche las semanas que tienen turno de mañana o de tarde porque les cambian los horarios constantemente; trabajadoras que no pueden dormir por estrés y agotamiento acumulados de toda la semana sometiéndose al yugo del trabajo asalariado; trabajadoras que sufren de ansiedad por su situación económica o familiar y que las nubla el futuro; obreras que recurren a estos medicamentos, en definitiva, para poder aguantar el altísimo ritmo de vida que nos exige el capitalismo, un sistema económico que busca sacarnos hasta la última gota de sangre en para engrosar el bolsillo del empresario, que busca exprimir hasta el último retazo de nuestra salud mental negándosenos descansos y vacaciones. Un sistema económico que nos somete a interminables horas de trabajo, con jornadas no remuneradas, y pretendiendo que con nuestros miserables sueldos paguemos bienes de primera necesidad. En una sociedad individualista y competitiva, los trastornos de ansiedad están a la orden del día y el parche para esas situaciones también.

En todo este conjunto las farmacéuticas juegan un papel de clase fundamental. Las visitas médicas, que pretenden convencer al médico de prescribir X en lugar de Y, avalan con supuestos estudios clínicos la eficacia de su molécula frente a otras y gastan cientos de miles de euros en captar nueva clientela. Obedeciendo sus intereses de clase siempre les convendrá que haya personas adictas a sus productos: solo en el Estado español, Pfizer, fabricante del famoso Trankimazin, vendió en 2016 6,7 millones de cajas de las diversas presentaciones que existen3.

Pero además de todo ello, el abuso de ansiolíticos tiene un fuerte componente de género: las mujeres duplicamos a los hombres en el consumo de estos fármacos y las mujeres con estudios básicos, dedicadas al trabajo doméstico, divorciadas/separadas y con descendencia duplican o incluso triplican en consumo de ansiolíticos a otras mujeres con estudios, profesionales, solteras/con pareja o sin descendencia4. Consecuencia de la precariedad laboral y la sobrecarga que genera el trabajo doméstico y el cuidado de los hijos, es tristemente lógico pensar que la mujer obrera se refugie en el consumo de estas sustancias para intentar soportar sus penosas condiciones.

Todo ello demuestra que en los últimos años el capitalismo ha creado una nueva forma de masacre a la clase obrera, la masacre psicológica, tan o más destructiva que la masacre física, ha generado nuevas adicciones y nuevas vías de escape para una clase obrera pobre, desposeída, sin capacidad ya de vivir en paz en un sistema atroz que te lo roba todo, la vivienda, la comida, la ropa, la dignidad. Igual que a mediados del siglo XIX la clase obrera que describieron Marx y Engels se refugiaba en la bebida o en los opiáceos, la clase obrera española del siglo XXI se refugia en gran medida en ansiolíticos e hipnóticos para poder soportar la penosa rutina diaria

 

1 http://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1135-57272013000300004&lng=en&nrm=iso&tlng=en 

2 https://www.aemps.gob.es/medicamentosUsoHumano/observatorio/docs/ansioliticos_hipnoticos-2000-2012.pdf

3 https://www.elespanol.com/ciencia/salud/20180320/farmacos-vendidos-espana-ninguno-cura/291722021_0.html 

4 https://revistas.uam.es/revIUEM/article/download/8914/9126