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Racismo y capitalismo

“Todo espectador es un cobarde o un traidor”

Frantz Fanon (Los condenados de la tierra)

Cuando en cualquier conversación surge la expresión “racismo” suele generarse de inmediato un clima de tensión e incomodidad, sobre todo por parte de las personas presentes supuestamente aludidas. Ello es así porque la mención de dicho término suena a  prejuicio burdo e ignorante, propio de seres nada cosmopolitas y con una educación deficiente, que evoca al nazismo o al Ku Klux Klan: Prácticamente nadie acepta de buen grado tener ideas o comportamientos racistas.

Trasponiendo esta idea al plano general, nos encontramos con que gobiernos e instituciones de todo tipo rechazan practicar el llamado “racismo institucional”, que suena un poco a la Sudáfrica del Apartheid; prefieren usar la neolengua y manifestar que son partidarios de la “regulación de los flujos migratorios” e incluso de la más progre “ayuda (o cooperación) al desarrollo”. Utilizar eufemismos hace parecer menos canalla la práctica política.

La ideología, que es un reflejo de la realidad material, intenta reducir al racismo a un problema meramente educacional a fin de enmascarar la realidad; es como intentar reducir un iceberg a la parte que sobresale de las aguas. Se trata en suma de intentar evitar que se comprenda en toda su cabalidad que el racismo es útil y necesario para el sistema capitalista.

Desde hace décadas vengo sosteniendo que el racismo cumple para el sistema capitalista una doble función: como justificación ideológico filosófica para la sobreexplotación y como mecanismo para que las poblaciones nativas achaquen a quienes son diferentes la culpa de los males (precariedad, desempleo, miseria…) que son realmente consustanciales al sistema económico imperante, a fin de que no cuestionen dicho sistema.

Refiriéndonos al primer aspecto, hemos de señalar que con el desarrollo del capitalismo, la necesidad de llevar a millones de seres humanos cargados de cadenas para usarla de mano de obra en las Américas generan una corriente de estudios pseudocientíficos, tanto en el campo de la antropología como de la psicología, que apuntan con diversas teorías a un determinismo racial según el cual los seres humanos deben clasificarse y catalogarse por criterios raciales. Algunos filósofos de la Ilustración tales como Hume y Voltaire rechazaban un único origen de los seres humanos abonando la idea de creaciones separadas, utilizando como excusa la crítica racionalista al relato del Génesis. En concreto Voltaire mantenía que el menor grado de civilización de los negros era resultado directo de su inteligencia inferior. Aceptar tales criterios suponía  legitimar la sobreexplotación que permitía la acumulación capitalista sin entrar en contradicción con principios éticos o morales.

En la actualidad, en la fase imperialista (en neolengua: globalizada) del capitalismo, con lo que ella supone de esquilmar hasta la extenuación recursos naturales y humanos de la mayoría del planeta a favor de una oligarquía establecida en territorios como donde habitamos, el racismo de antaño ha sido sustituido por un conjunto de normas restrictivas para la entrada y el establecimiento de poblaciones en los países imperialistas. Ya no se trata de forzar el traslado de mano de obra a haciendas y minas, sino de evitar en la medida de lo posible que las masas empobrecidas de continentes enteros se desplacen hacia los centros del neocolonialismo y la explotación, siendo esta una contradicción inherente al desarrollo económico imperialista que los dueños del mundo no pueden resolver, pero que intentan ralentizar lo más posible con el apoyo cómplice de sectores importantes de la clase trabajadora de los estados imperialistas, que ven peligrar sus condiciones laborales ante un aumento de la oferta de mano de obra.

Puestos a hacer de la necesidad virtud, para ciertos sectores de la burguesía disponer de una bolsa de personas en situación irregular le permite disponer de mano de obra barata en sectores que por su naturaleza no pueden deslocalizar (servicio doméstico, construcción, agricultura), lo que genera la segunda función a la que aludimos anteriormente; la población nativa, que en estos tiempos de crisis capitalista ha visto empeorar sus condiciones de vida tanto en el ámbito laboral como en el de los servicios, son bombardeados ideológicamente por el poder, de un modo harto interesado, a fin de que la población migrante sea el chivo expiatorio de sus desgracias: el racismo, la xenofobia y los brotes fascistas actúan como embellecedores del propio sistema al achacar a quien es diferente todos los males (drogas, crímenes, etc.)

El racismo institucional practicado profusamente por los estados imperialistas se legitima a los ojos de la masa autóctona de tal modo que el endurecimiento de las condiciones de acceso de las poblaciones migrantes a nuestros estados es algo electoralmente rentable y asumido por sectores autodenominados democráticos e incluso progresistas, siendo consecuencia de todo ello el rebrote de ideas fascistas. Alguien dijo una vez que en tiempos de crisis la línea divisoria entre la democracia y el fascismo es muy delgada.

En sociedades caracterizadas por una ausencia clamorosa de conciencia de clase, la reacción ante los dramas humanos que genera este estado de cosas por parte de las personas con mayor sensibilidad social se limita en la mayoría de los casos a actitudes paternalistas (lo que se ha dado en llamar el “buenismo”), canalizando a través de ONGs o de ideas fuerza como la de “cooperación al desarrollo”, que desvía las energías de la causa fundamental del problema.

Los sucesos ocurridos el pasado mes de marzo en el barrio madrileño de Lavapies ha hecho saltar las alarmas para el poder; en una barrio en pleno proceso de gentrificación, expresión que desgraciadamente se ha puesto de moda y que significa el intento de degradar primero las condiciones de un barrio, para expulsar a sus habitantes y sustituirlos por servicios hosteleros y población más acomodada, la muerte en extrañas circunstancias del mantero senegalés Mame Mbaye provocó la airada reacción de un sector importante del vecindario en protesta por el acoso que diariamente sufre la población migrante de la zona por parte de la policía.

Y es que, a pesar de que, ante la presión y movilización barrial, se han difundido unas imágenes pretendidamente exculpatorias de la policía municipal dando un masaje cardiaco a Mame, no solo los hechos no están aún suficientemente aclarados (para ello, sería preciso mostrar la secuencia de imágenes completa), sino que dicha grabación no refleja la persecución constante, las identificaciones, las redadas y en suma la omnipresencia de motos y furgonetas policiales en Lavapiés antes y después de estos hechos.

Por otro lado, si podemos decir sin que se nos tilde de demagogia que la normativa de extranjería es responsable en gran medida de que el Estrecho esté plagado de cadáveres, y de modo concreto que la Guardia Civil española es responsable de la muerte de 15 migrantes africanos en El Tarajal (Ceuta), con total impunidad hasta la fecha.

En nuestras ciudades y pueblos, la persecución policial a los manteros, criminalizados en el Código Penal, es una constante, y a este respecto hemos de recordar la muerte de un mantero en Salou en mayo de 2016. La defensa de las multinacionales de la ropa, el calzado y los bolsos parece pesar más que la de la supervivencia y la dignidad humana.

Ante tales reflexiones se explica la reacción de un barrio como Lavapiés ante la muerte de un vecino, muerto en suma por ser negro, migrante, pobre y mantero. Una persona mucho más desprotegida que quienes en nombre de la Policía Municipal han anunciado una querella por dudar de su “buen nombre”.

Y es que, como dice el refrán, llueve sobre mojado, ya que en ese como en tantos otros barrios y pueblos, la actuación policial genera más problemas que soluciones respecto a la convivencia cívica,  teniendo su vecindario, compuesto en gran medida de personas jubiladas, precarias y migrantes (población sobrante para el sistema), multitud de ejemplos cotidianos vividos de arbitrariedades y abusos por parte de todas las policías que allí operan.

Bajo el asfalto de Lavapiés y pese a todo ha germinado estos días de marzo la semilla de la solidaridad y la dignidad, en un barrio del cual las guías turísticas lo señalan como cosmopolita y multicultural, inmerso en una realidad diversa y a veces conflictiva, pero orgulloso en su diversidad de origen y su intuición de clase.

Como decía un compañero senegalés, la única salida para el negro es la revolución. Para el pueblo trabajador nativo también, porque si nos ponemos a pensar,  esta sociedad tampoco nos garantiza tantos derechos.

Francisco García Cediel