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Walter Benjamin y la crisis de refugiados

Imagen: "Angelus Novus" (1920), Paul Klee

En la madrugada del 26 de septiembre de 1940, Walter Benjamin se quitaba la vida con una sobredosis de tabletas de morfina en la localidad fronteriza de Portbou. Su exilio de la Francia colaboracionista de Vichy fue frenado por la policía del nuevo régimen fascista español. Tiempo antes, rechazó el pasaje seguro que Adorno le ofreció hacia el exilio a California, sosteniendo que aún quedaban posiciones que defender en Europa. Como última voluntad pidió que su esbozo Tesis sobre el concepto de historia llegara a sus amigos, y que el pesado portafolios que cargó desde que dejó París tenía que salvarse pasara lo que pasara (hoy día está desaparecido, probablemente destruido, y no se sabe qué contenía). Benjamin es sólo el ejemplo, la encarnación de toda una generación que tuvo que marchar al exilio huyendo del régimen nazi fascista; una generación que, como escribió Brecht, cambiaba tanto de país como de zapatos.

En la tarde del 26 de septiembre de 2017 se convocaba en Madrid una concentración para denunciar que el Estado español sólo había acogido al 7,5% de los refugiados que se había comprometido acoger. La denuncia de que el Estado burgués ni siquiera es capaz de cumplir su cuota de lavado de conciencia e imagen (únicamente Malta cumplió sus ridículos compromisos), que por muchas pancartas colgadas en el Ayuntamiento al final sólo el pueblo salva al pueblo. Si hablamos de cifras absolutas, es totalmente mareante: el número de refugiados se estima en 65,5 millones, una de cada 113 personas en el mundo ha sido desplazada forzosamente a causa de la guerra y la persecución. Destrozándose los pies recorriendo distancias imposibles con calzado de mierda, desgarrándose las manos con concertinas en Melilla, ahogándose en el mar Mediterráneo, quemadas vivas en campos de concentración de Grecia, dejando absolutamente todo atrás. 65,5 millones de personas con sus historias personales, demostrando que lo más insoportable del horror es la cotidianidad con la que se presenta, demostrando que el pasado y el presente son desgraciadamente parecidos y que el argumento de “en pleno siglo XXI sigue pasando…” es absurdo.

Las injusticias del pasado jamás pueden ser redimidas si no se aplasta aquello que las provocó. Como escribió Miguel Hernández acerca de Lorca, no se puede olvidar el eco de ningún muerto. Si nos sigue doliendo Benjamin o el bisabuelo que tuvo que marchar a Argentina tras perder la guerra, es porque la injusticia sigue presente. La injusticia sigue presente cuando paseamos por Moncloa y vemos el arco construido directamente sobre campo de batalla, encima de la tierra regada con la sangre de nuestras muertas. Sigue presente cuando unos fascistas apalizan inmigrantes hasta la muerte (en los CIES o en la calle) y las muertes se venden como suicidios o resultado de peleas, sigue presente cuando un miserable parlamentario se burla llamando “carca” a quien lucha por restaurar la memoria de sus familiares desaparecidos.

Brecht pedía a las generaciones futuras, en un precioso poema con este mismo nombre, que cuando llegaran los tiempos en los que la injusticia fuera por fin desterrada del mundo, pensaran con indulgencia en las generaciones que lucharon contra esta y fracasaron. Esos tiempos no han llegado y la injusticia persiste, no es “algo pasado”. Precisamente el argumento estrella de las clases dominantes, con el saco de mierda de Pablo Casado al frente, es la idea de que en las oprimidas hay un sentimiento de duelo infinito, de melancolía y rencor eterno, de negarse a “cerrar heridas” y de vivir en el pasado. En realidad es todo lo contrario: si las injusticias del pasado pesan es porque estas siguen presentes. Sólo la revolución y la constitución de un orden social comunista, el aniquilamiento de las injusticias, podrá cerrar las heridas. Para ello deberá cumplir las aspiraciones de todas aquellas personas anónimas que han quedado – y siguen quedando – sepultadas bajo las ruinas de la Historia oficial, perseguir a los responsables, abrir fosas, levantar cunetas, demoler monumentos levantados para humillar a las vencidas, y enfrentarse a un pasado que sigue supurando hasta que no haya justicia.

La lucha contra la injusticia presente y pasada necesita fuerza, necesita nutrirse del dolor de aquellas generaciones que fracasaron en su lucha y sufrieron represión, exilio y muerte. Benjamin expresaba esta idea de forma preciosa. Afirmaba que el odio y la voluntad de sacrificio no se obtienen del ideal de los nietos liberados, sino del recuerdo de los antepasados esclavizados. Va por esas generaciones. Las bisnietas de la derrota os debemos una.

Martín Cuesta