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La crisis del PSOE y la investidura de Rajoy

¿Cómo se puede suprimir la esclavitud asalariada “legislativamente” si la esclavitud asalariada no está expresada en las leyes?

Rosa Luxemburgo “Reforma o Revolución”

 

Hemos asistido este otoño a la defenestración de Pedro Sánchez como Secretario General del PSOE, televisada como un Reality Show y, merced a la abstención de éste partido, a la ulterior investidura de Mariano Rajoy, aderezada por una movilización ante el Congreso bajo el lema de “golpe de la mafia”: ¡Todo un espectáculo!.

 Comenzando por el principio: Para entender la crisis de un partido que llegó a los 202 diputados en 1982 y que hoy tiene 85 hemos de hacer un poco de historia.

 Desde la llamada “transición”, el PSOE ha sido, tal vez, el partido más “de Estado” que ha habido, hasta el punto de que ha encarnado, a menudo, el espíritu de la configuración del Estado español y el régimen mismo. Hasta tal punto que ha sido el que más ha gobernado en todas las instituciones desde la restauración monárquica.

 La gran mayoría absoluta de Felipe González en aquel lejano 1982, que se mantuvo 14 años al frente del Gobierno, fue posible porque tanto su partido como su figura consiguieron que una mayoría de los votantes de entonces les vieran como la representación de la modernidad frente a una derecha tradicional tributaria de un pasado reciente de identificación con el franquismo.

 Fue el momento de la culminación de la llamada transición, de modo que el PSOE, esgrimiendo la bandera de la homogeneidad con Europa, de la mano de los socialdemócratas alemanes y franceses encabezados por Willy Brandt y François Mitterrand, y gozando del favor más o menos evidente de EEUU, era la opción más capacitada para acometer las tareas que el capital financiero requería: Entrada en la Unión Europea; reconversión industrial; permanencia en la OTAN; desarrollo de la cultura del pacto social como mecanismo para disciplinar a la clase trabajadora en términos de “moderación salarial”; vertebración del Estado mediante el desarrollo de una institucionalidad autonómica que pudiera desactivar o al menos intentar frenar posibles procesos independentistas; aislamiento y represión de la protesta política y social, a través de la Ley de Seguridad Ciudadana de 1992 (llamada entonces “Ley Corcuera” o de la “patada en la puerta”) y de su participación en la llamada “guerra sucia”; elaboración de una legislación favorable a los intereses especulativos del mercado inmobiliario, a través de la Ley “Boyer” de alquileres, etc.

 Para poder jugar tal papel fueron decisivos a mi juicio dos elementos fundamentales, siendo el primero haber cultivado una imagen pública de defensa de los intereses populares, a través no solo de su vinculación con la UGT, sino también por un notable éxito en presentarse como herederos del histórico Partido Socialista de la II República, de tal modo que si se hubieran adoptado medidas de reconversión salvaje como las que se produjeron en los años 80 con un gobierno de otro signo, la resistencia obrera y popular habría sido exponencialmente mayor.

 El segundo elemento relevante es la histórica audiencia electoral del PSOE en las nacionalidades históricas, fundamentalmente en Catalunya y Euskal Herria, lo que conllevaba que para el poder económico los socialistas fueran la apuesta más segura de vertebración del Estado español como marco de dominación.

 La caída del Muro de Berlín, en 1989, tuvo consecuencias políticas en toda Europa, y también en el PSOE, que terminó embelesado por la Tercera Vía abanderada por Tony Blair a principios de los noventa, la versión más descafeinada y liberal de la socialdemocracia. Se iba produciendo un lento pero creciente desapego por parte de diversos sectores sociales para quienes dicha opción había dejado de ser el partido de los “descamisados”, en palabras de Alfonso Guerra, y cada vez se representaba mas como la opción del pelotazo de la mano de Boyer y Solchaga.

 Después del 11M, la guerra de Irak, el Prestige y la mayoría absolutísima de Aznar, el PSOE recuperó el gobierno en 2004 de la mano de José Luis Rodríguez Zapatero. Sin cuestionar las bases económicas del sistema (algo que, por otra parte, el PSOE no ha hecho nunca), pero retirando las tropas de Irak e impulsando una legislación más audaz en derechos civiles, como las bodas homosexuales, terminó, fiel como siempre a los intereses de los mercados (o habría que decir los mercaderes), saliendo por la puerta de atrás, siete años y medio después, tras aprobar duros recortes sociales y una reforma exprés en agosto de la Constitución de la mano del PP para reformar el artículo 135 de la Constitución y priorizar así el pago de la deuda sobre los servicios públicos. Zapatero inauguró la receta de la austeridad y el rescate a la banca para afrontar una crisis económica que multiplicaba despidos, índices de desigualdad y desahucios.

 Al PSOE de un Zapatero en retirada le estalló el llamado movimiento 15M, un proceso de movilización y protesta que a primera vista parecía impugnar el funcionamiento del sistema, denunciando la crisis económica, crisis política, corrupción, desigualdad,... De ahí las consignas: "Lo llaman democracia y no lo es"; "no nos representan"; "no hay pan para tanto chorizo"...

 Sin embargo, la protesta que las consecuencias de la crisis económica estaba generando, con el riesgo potencial que ello conllevaba de que se convirtiera en una impugnación global del modo de dominación capitalista, hace que se plantee canalizar el 15M, potenciando mediáticamente algunas figuras entre las que destaca Pablo Iglesias, tertuliano habitual de todo tipo de cadenas televisivas antes de dar el salto a la arena electoral, para construir un recambio que a la postre permitiera el mantenimiento del sistema en lo esencial, aupando una opción que planteara que otro capitalismo es posible.

 A partir de enero de 2014, cuando nació Podemos y se pasó del "no me representan" al "sí me representan", esta marca electoral y las candidaturas municipalistas han conseguido en gran medida representar lo nuevo frente a un Partido Socialistas desgastado y desprestigiado, que ha dejado de ser funcional a los intereses del sistema y que, por tanto, quienes detentan el poder económico están procediendo a desmantelar progresivamente, del mismo modo que los feriantes desmantelan los kioscos y atracciones de una feria de pueblo, una vez que ha cumplido ya su objetivo de adormecer, distraer y abstraer a las masas del análisis de su realidad cotidiana.

 La figura de Pedro Sánchez ha sido en este sentido una anomalía en la evolución de los acontecimientos, en su pretensión de “podemizar” el viejo PSOE para evitar un cambio de actor político como teórico referente electoral de “la izquierda”, entendida como la izquierda del modelo económico capitalista e imperialista. Tan ardua pretensión se ha estrellado con la realidad, ya que de algún modo la presentada como nueva izquierda aún debe realizar su Suresnes particular, llamémosle instalarse en el pragmatismo, para merecer el favor decidido del poder económico-financiero como gestor y recambio del sistema, habida cuenta que en estos momentos el capital carece del margen de maniobra que en aquel ya lejano 1982 tenía para encargar a González y compañía la gestión de las instituciones en un momento de expansión del proyecto imperialista europeo, lo que permitía la inversión social para legitimar las políticas económicas que requería el desarrollo capitalista en este Estado, pero el Partido Socialista parece haber cumplido ya su papel histórico por falta de apoyo popular al menos en los núcleos urbanos.

 Se ha impuesto por tanto la caída de Sánchez y forzar la investidura de Rajoy e inaugurar un periodo de regeneración de los mecanismos de legitimación del propio sistema con el mantra del “dialogo”, aún a riesgo de que tal maniobra genere un sentimiento de frustración en algunos sectores sociales ante lo inútil de la participación electoral como mecanismo transformador, con lo que ello tiene de potencial deslegitimación del propio sistema.

 Para intentar sofocar en lo posible ese peligro acude Podemos y sus convergencias con sus apelaciones a la movilización popular: Se trata de, como señalaba Franz Fanon en “los condenados de la tierra”, acudir a la movilización en la calle como un mecanismo para reclamar mayor protagonismo como gestores de la cosa pública. Se trata de deslizar la idea de que solo dándoles mayor protagonismo institucional se conseguirá desactivar el peligro de la calle. En ese mismo sentido se ha caracterizado su discurso sobre el independentismo catalán, postulándose como cortafuegos frente a la secesión: Es otra versión de “nosotros o el caos”.

 Planes en suma que, basados en la famosa frase de Lampedusa según la cual “es preciso que algo cambie para que todo siga igual”, se van desarrollando ante la irrelevante respuesta del archipiélago político de las opciones contrarias al capitalismo, cuya descoordinación y división dificulta enormemente la necesaria clarificación y construcción de una alternativa real a un sistema injusto en lo social y agotado en lo económico, pero con recambios suficientes para intentar seguir indefinidamente.

 

Francisco García Cediel