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Sobre el último marxista soviético

Cuando comenzó el conflicto armado entre China y Vietnam, él sollozaba junto a la radio y rehusaba a hablar con nadie. Sartre podría haber escrito una novela sobre semejante hombre, o Godar filmar una película, pero estaban demasiado lejos. Aleksei Tsvetkov, a petición de Prime Russian Magazine, ha escrito sobre el último marxista soviético Evald Iliénkov.

 Años 40: Dialéctica de artillería

 Hijo de un conocido escritor soviético que era amigo de Zabolotsky, durante la guerra llegó hasta Berlín como oficial de artillería y a la primera ocasión que tuvo se dirigió a venerar la tumba de Hegel. En el frente consiguió dos órdenes y medallas, pero él prefería mostrar a sus invitados una carpeta con el grabado ‘Solo para el Führer’ que guardaba como souvenir. 

 Entre combates, el artillero leía la ‘Fenomenología del Espíritu’ en alemán. La Gran Guerra era para él un conflicto armado entre el hegelianismo de izquierdas y derechas, y junto a su lápida agradecía al filósofo que nuestro hegelianismo hubiese sido más firme y hubiese alzado su bandera sobre la capital germana, y no al revés.

 El germanófilo Iliénkov llegó para quedarse: traducía a Kant y a Lukács, redactaba sus libros en una máquina de escribir alemana que conservaba como trofeo, dibujaba sus propios decorados basados en la ópera ‘El oro del Rin’1 y conocía personalmente en Moscú a todos los intérpretes contemporáneos de Wagner, cuyas partituras leía antes de dormir para poner en orden su conciencia.

 Años 50: Incendio termonuclear en la universidad

 Tras la muerte de Stalin, imparte clases en la Universidad Estatal de Moscú y escribe su propia ‘Cosmología’. Al abrigo de su capote de batalla, el cual hacía tiempo que no cambiaba por un abrigo normal, nació toda una ‘familia’ compuesta por los mejores intelectuales soviéticos de los sesenta, así como muchos futuros disidentes y emigrantes.

 ¿Qué les enseñaba? Que las contradicciones internas son el motor de cualquier desarrollo. Los límites transcurren en el interior de las cosas y los fenómenos, y la ley principal del ser, la condición de existencia, es el choque de cualquier fenómeno consigo mismo.

 La Nada es, sobre todo, la forma general de Algo. El espacio y el tiempo son en esencia únicamente los medios por los que la calidad se transforma en cantidad.

 Entender profunda y correctamente la parte más insignificante del mundo significa entender toda nuestra realidad por completo.

 Pero la idea favorita de Iliénkov es la de anteponer su razón como condición de cualquier manifestación exterior. Todo se vuelve ‘si-mismo’ solo tras abandonar las fronteras y los límites que tiene como dados, al igual que un actor en el teatro se convierte en tal solamente representando a otro. El hombre se convierte en hombre en tanto resultado de su propia actividad.

 En su aspecto general, semejante lógica conduce al filósofo a una alarmante idea que no articula delante de los alumnos pero expone en la ‘Cosmología’: el sentido definitivo de la vida racional en el cosmos se realiza solo tras la autoliquidación de esta misma vida y este mismo cosmos; el significado de la existencia material se revela en un incendio termonuclear. Iliénkov, cien por cien ateo, escribe el apocalipsis marxista, su propio programa del fin del mundo.

 Enfriamiento, desaceleración, extinción, entropía, pérdida de fuerza; esta es la ley principal del cosmos. La razón se le aparece al universo como un proceso de retorno de entropía, como una llamada al destino, capaz de devolver la realidad al estado originario de explosión de plasma y ‘reiniciar’ toda la energía del cosmos, sin dejar ni un solo átomo en el mismo lugar; de dar al mundo un nuevo ‘bautismo de fuego’. El hombre es el único instrumento para el autoentendimiento, la autodestrucción y el autorenacimiento del universo. El dominio de la energía atómica es solo la primera piedra en nuestra misión principal: volver al gran holocausto, gracias al cual estamos aquí.

 Pocos son los que, como Iliénkov, han expresado con tan valiente exactitud el énfasis fálicorevolucionario de la modernidad, modernidad que borra las fronteras entre lo muerto y lo vivo en un acto de destrucción creadora. La Cosmología de Iliénkov nos devuelve el entusiasmo de los textos védicos 2 : Shiva, bailando con fuego en sus numerosas manos, crea y hacer arder el mundo innumerables veces. Pero el lugar de Shiva lo ocupa el ser humano del futuro sin clases, libre de ilusiones edificantes y del miedo a la muerte; esto es, el hombre como la figura más paradójica del diseñador atómico, que se deshace a sí misma para restituir la energía al mundo. 

 Los estudiantes de la época del deshielo, que se entusiasmaban a la vez por Roerich3 y el yoga, sepasaban entre ellos copias de las ‘Cosmología’. Precisamente la lógica de Iliénkov permitirá al matemático y disidente Shafarevich4 exponer el comunismo como una especie de culto secreto a la nada y de negación de los principios de la vida.

 Así, el incendio termonuclear de esta última revolución no podía gustarle a la censura soviética.

 En Italia, su libro se encargó de publicarlo Feltrinelli, conocido por nosotros como el primer editor de ‘Doctor Zhivago’. En Europa, al mismo Feltrinelli le recuerdan como el ‘millonario rojo’, quien odiaba el capitalismo y soñaba con una revolución mundial: en los textos de Iliénkov, a este millonario rojo le cautivó su hamletiana percepción de la existencia.

 Años 60: El comunismo dentro de 20 años

 En este tiempo se le permite salir a Europa. Pero incluso allí solamente fuma puros cubanos, porque apoya al socialismo tropical y no a las corporaciones tabacaleras occidentales. En el danzante y rebelde mundo de los 60 el marxismo experimenta su segundo nacimiento: Marcuse, Fromm, Adorno, Habermas… Iliénkov es prácticamente el único del lado soviético que puede debatir con ellos a su mismo nivel.

 Es tan fácil dejarse encantar por el radicalismo bohemio de estos autores. Traban amistad con surrealistas y estrellas del rock. Son citados en mítines por estudiantes insurrectos. Hacen malabares con palabrejas feministas, estructuralistas y psicoanalistas sentados en modernos cafés y deliberando sobre el fetichismo de las mercancías, que organizan nuestro mundo interior siguiendo los principios del supermercado y su jerarquía de productos, o sobre la industria cultural, que se apropia de toda forma de protesta, pero no ejerce funciones de protesta. Para ellos, la Unión Soviética es un ‘estado trabajador deformado por burócratas’ o incluso un ‘capitalismo estatal’, que no se ha convertido al socialismo y se ve obligado cada día a presentar lo deseado como real, acostumbrando a todos sus habitantes a una mentira constante. En cualquier caso, la URSS ya ha ocupado firmemente su lugar en el ‘orden mundial’ de mercado tras ceder el rol revolucionario a la China maoísta.

 Pero Iliénkov no se deja engatusar ni siquiera secretamente y discute con firmeza, descubriendo espacios en blanco en sus seductores razonamientos. Uno de los errores fatales de la nueva generación de oportunistas de izquierda occidentales es, según su punto de vista, la contraposición de dos Marxs: el joven humanista romántico y el viejo economista posterior.

 El último Marx investigó la principal fuente de la alienación, esto es, la contradicción entre el carácter colectivo del trabajo y el carácter privado de la apropiación de los resultados de este trabajo: como consecuencia, las personas realizan trabajos que odian para comprar cosas que no necesitan y aportar beneficios a gente que no conocen. Precisamente esta sensación de que uno no vive su propia vida engendra dentro de las reducidas coordenadas de la cultura de masas un culto de zombis, como muertos vivientes a los que se le ha extraído la vida, y también de vampiros y malvados alienígenas que nos utilizan para propósitos desconocidos. A Iliénkov le desconcertaba el hecho de que los nuevos izquierdistas hablasen cada vez menos de la resolución político-económica del problema de la alienación y que cada vez más contrapusiesen a esta alienación el ‘alejamiento’ del nuevo arte, dirigido de nuevo al automatismo de la percepción y el comportamiento. Dentro de las juguetonas formas del nuevo arte y la nueva contracultura, la izquierda bohemia encontraba todo aquello que no se puede dar en la realidad, todo aquello que no puede ser realizado políticamente, todas las posibilidades pospuestas y los sueños frustrados. Así, el acontecimiento de la Revolución pasa a ocupar su lugar en el museo.

 Aun con todo, le expulsan de la Universidad Estatal de Moscú por ‘falsificación del marxismo’. Sin embargo, esto no le impide escribir artículos para voluminosas enciclopedias soviéticas y ocuparse de la ‘ciencia del pensamiento’; tampoco esto es impedimento para que los alumnos más fieles de la escuela de Iliénkov echen una mano con el nuevo programa del partido.

 Pasamos a ocuparnos del futuro. El aumento del consumo + la educación del nuevo hombre + la automatización del trabajo nos darán la posibilidad de alcanzar el comunismo; además, esto será posible en el plazo de 20 años. La esfera de aquello que está al alcance de todos se irá ensanchando a medida que la esfera de lo ‘mercantil’ desaparezca tras ceder ante la distribución científicamente organizada de todo, de tal forma que el mundo estará construido como una gran biblioteca: la fantasía soviética será por fin realizada. Tendrá lugar una revolución antropológica, un desplazamiento de todas las relaciones de concurrencia hacia la simbiosis; el talento será la norma, y la mediocridad, una patología. La esperanza de vida, según los cálculos de Iliénkov, llegará hasta los 130 años.

 Le leen con atención los Strugatski5 del período ‘Qué difícil es ser Dios’. Aunque la huella ‘Cosmología’ de Iliénkov no se percibe en ellos completamente hasta más tarde, es en ‘Mil millones de años antes del fin del mundo’ donde los científicos comprenden que su ciencia les conduce inevitablemente al apocalipsis, que el viejo mundo de alguna forma se resiste a morir, y que ante todo esto no existe una salida correcta.

 Los pedagogos innovadores, conocidos como ‘comunardos’6, debaten con Iliénkov sobre cómo reestructurar el programa educativo para modelar en 20 años al nuevo hombre. Mucho antes de esos 20 años, sin embargo, los ‘comunardos’ serían disueltos, los Strugatski dejarían de publicar nuevos libros y aquellos como Iliénkov dejarían de tener permiso para salir a Europa.

 Años 70: Ver con otros ojos

 Tras el deshielo de los asfixiantes años de Breznev, el humor general de los soñadores ya adultos e incluso envejecidos les lleva a una retirada hacia prácticas personales: aprende una profesión, colecciona cualquier cosa, estudia un idioma y cría a tus hijos para que sean personas honradas y cultas; y en cuanto al comunismo, ya se verá… 

 Iliénkov se lleva a su terreno este tema de las ‘pequeñas cosas’. Un antiguo compañero le ofrece comprobar su teoría personal sobre la conciencia en la práctica en el internado Zagorski para niños sordociegos.

 ¿De dónde proviene la personalidad? ¿De qué está hecha? Cuando a Iliénkov le preguntaban con malicia en qué porcentaje es el hombre social y en qué porcentaje biológico, el filósofo soviético contestaba: ‘101% social’. Por lo tanto, el ser humano nace unos pocos años después de su aparición física en el mundo y muere un poco antes de su muerte física. Así, la conciencia de una persona se puede ‘soldar’, como una radio, si se tiene presente un esquema y se entiende el principio del funcionamiento. A Iliénkov le encantaba montar sus propios modelos de magnetófonos y televisores, armando jaleo durante horas con el soldador, y él mismo confesaba que era precisamente en estas horas cuando le venían las más precisas y originales ideas. Y si se aburría de las piezas metálicas, se dedicaba a trabajos de encuadernación; pues a una persona rota se la puede arreglar igual que a un libro.

 La principal diferencia de una persona con un animal es su capacidad de emplear el idioma, pero este idioma es única y exclusivamente posible allí donde el hombre aprende a verse a sí mismo con los ojos de otras personas y, finalmente, con los ojos de toda la sociedad.

 En el experimento de Zagorski esto mismo se hizo al pie de la letra: enseñar a los niños a ‘ver’con otros ojos, y en los casos más difíciles, a percibir toda la información externa a través de aquellos que les rodeaban. Cientos de veces les coge Iliénkov de las manos antes de que ellos mismos puedan realizar un gesto mínimo de comprensión; les enseña a pensar con los dedos para asimilar la lectura en braille y posteriormente a desarrollar poco a poco la lengua hablada.

 Día tras día se afana Iliénkov en cultivar el oído musical de un niño ciego.Guardarán en su memoria al filósofo como un mago llegado a ellos a través del silencio y la oscuridad para enseñarles a convertir una acción en gesto, el gesto en símbolo, y el símbolo en palabra. Un mago que les abrió la ventana del conocimiento a su mundo herméticamente cerrado. Esta fue la labor de la que más se enorgulleció Iliénkov en toda su vida.

 Cuatro de sus alumnos sordociegos, gracias a los ‘esquemas sensomotores’ de Iliénkov, aprendieron a hablar y a escribir versos, recibieron educación superior e incluso defendían trabajos científicos en campos como la psicología y las matemáticas. Resultados semejantes jamás se habían visto hasta la fecha en ninguna parte del mundo.

 La cocina de Iliénkov en el callejón Kamergersky se convirtió en uno de los clubes intelectuales más interesantes de los años del estancamiento brezhneviano7 , con sus correspondientes bardos, actores del teatro Taganka, informáticos, especialistas, escritores de ciencia-ficción, inventores de provincia e invitados extranjeros de movimientos partisanos del tercer mundo. Pero el propio Iliénkov en esta cocina por lo general escuchaba más que hablaba, y se quedaba embobado con la mantis esmeralda que habitaba en sus flores: el filósofo consideraba que la mantis es el insecto más elegante que uno se puede traer a casa.

 Cuando todos se cansaban de charlas, escuchaban en los magnetófonos artesanales de Iliénkov a Galich8 o Jesucristo Superstar.

 En lo relativo a la ‘estúpida originalidad’ de la contracultura occidental, sin embargo, el dueño de la cocina se ponía serio, y explicaba apasionada y concienzudamente que los hippies americanos son una entropía social, una desaceleración, una aceptación del fin de la Historia en beneficio de la ilusión personal. El significado de la originalidad no consiste en absoluto en poner de relieve nuestra singularidad sobre otras, sino en expresar mejor que los demás lo Universal. Y por ello, en el pop-art y el conceptualismo Iliénkov veía simplemente un alegre desprecio del burgués por sí mismo.

 Cuchilla de encuadernador

 A diferencia de la mayoría de sus interlocutores (Zinoviev, Shchedrovitsky, Mamardashvili, Piatigorsky), él nunca intentó ser un dandi, más bien guardaba cierto lunatismo exterior, ciertaindiferencia hacia su aspecto físico. Su corte de pelo ‘largo’ era la prueba de que ir al peluquerono era precisamente una de sus prioridades.

 El dramatismo y el contraste wagneriano que tanto valoraba en su vida con los años se reflejaron en su propio rostro. Ahora se había convertido casi en un pensionista; pero Iliénkov no esperaba la pensión, sino el comunismo. Y para la realización del programa del partido hacía todo lo que podía imaginarse.

 El nuevo hombre no aparece. La alienación y la cosificación no han disminuido, más bien todo lo contrario. Las relaciones monetario-comerciales no se volatilizan, y la propiedad estatal soviética no termina de convertirse en una auténtica propiedad social. El valor no suprime el precio, sino que, al contrario, es sustituido por éste. Las explicaciones oficiales de que bajo el socialismo los precios de los productos son ‘justos’ y bajo el capitalismo no, le parecían a Iliénkov una gran mentira oriental, y no marxismo. El siguiente paso tras la revolución para la transformación de la sociedad nunca llegó a darse.

 El filósofo ya no se sentía capaz de desarrollar nada con sentido ni de continuar la batalla cósmica contra la desaceleración del mundo y la dispersión del foco principal. El filósofo cayó en una negra melancolía acompañada de alcoholismo, y en vez de dar respuesta a cuestiones filosóficas, se dedicaba cada vez más a balbucear su rima favorita de ‘Diez negritos’9

.Sus alumnos universitarios ya adultos compraban de contrabando pantalones vaqueros y chaquetas de ante, ‘como Serge Gainsbourg’; se interesaban por el misticismo oriental y por la posibilidad de emigrar y, por supuesto, se mofaban del leninismo retrógrado de su viejo profesor y de su conmovedor amor por ‘Sofía Blasievna’10.

 Transcurrieron 20 años esperando la llegada del comunismo e Iliénkov, al parecer, era el último que se acordaba de ello, viviendo esta espera como su propia derrota personal. Aun así, ocultaba a su familia los antidepresivos soviéticos que le habían sido prescritos escondiéndolos debajo de la almohada.

 El filósofo conocía bien la anatomía humana, y cortarse la arteria carótida en dos no le supuso ningún esfuerzo: lo hizo con la cuchilla de encuadernador que previamente había afilado con una sierra. Según las leyes de la dialéctica, cualquier instrumento puede convertirse en un arma, al igual que un obrero puede convertirse en un soldado.

 Ahogándose en su propia sangre, salió de su apartamento y se desplomó en las escaleras, habiendo realizado en cierto grado lo que él consideraba como la meta final de toda vida racional. El triunfo de la dialéctica de la existencia es el momento de regreso al Big Bang, la autodestrucción plasmática de la realidad. El ser pensante, en su actividad raciocinante, se esfuerza por reproducir por completo toda la naturaleza existente.

 Sólo me faltaría su biografía para poder explicar a cualquiera qué fue el siglo soviético y en qué consiste en líneas generales el proyecto modernista de renovación del mundo y el ser humano.

 En esta Torre de Tatlin 11 se entremezclan la bandera roja sobre el Reichstag, la ‘visión’ de unos niños ciegos, una insoportable llamarada atómica que inunda el firmamento, retratos de Mao en las paredes de una universidad Sorbona tomada por los estudiantes y el reinicio termonuclear del universo a través del holocausto cósmico final.

 Según la paradoja favorita de Iliénkov, el significado definitivo de lo ‘soviético’ sólo se nos revela ahora, después de su conclusión y su enfriamiento en el tiempo.

 Ya no recordamos y mucho menos utilizamos lo que aquí existió hace no tanto tiempo. Por tanto, nos merecemos todo lo que nos sucedió entonces y todo lo que está por sucedernos.

 

Notas

1 Famosa ópera de Wagner.
2 Proviene del término ‘Vedas’, unos libros sagrados hindúes.
3Ilustre artista ruso.
4 Este matemático soviético fue conocido por criticar duramente al socialismo en sus obras.
5 Famosos autores de ciencia ficción.
6 Se conocía como comunardos a los miembros de la Comuna de París de 1871.
7 Período de notable desaceleración económica que, según algunos, serviría como justificación a
Gorbachov para llevar a cabo su famosa Perestroika.
8 Famoso poeta soviético.
9 Popular novela de Agatha Christie.
10 Eufemismo para referirse a la URSS que se hizo especialmente popular durante los últimos años antes
de la caída de la Unión Soviética.
11 La Torre de Tatlin o Monumento a la Tercera Internacional fue un proyecto arquitectónico del escultor
ruso Vladímir Tatlin de principios de los años 20 que nunca llegó a realizarse