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Revisionismo y Reformismo

El Reformismo Clásico Alemán

 

“El esquema de Fourier de transformar, mediante un sistema de falansterios [comunidades auto-suficientes], el agua de todos los mares en sabrosa limonada fue una idea fantástica, por cierto. Pero cuando Bernstein propone transformar el mar de la amargura capitalista en un mar de dulzura socialista volcando progresivamente en él botellas de limonada social reformista, nos presenta una idea más insípida, pero no menos fantástica.”

Rosa Luxemburg, Reforma o Revolución

 

1 Origen del reformismo clásico

 

El reformismo como fenómeno especialmente característico de las derivas revisionistas de derecha en la totalidad de los Partidos históricos de los países Imperialista pone en especial relieve que el propio Marxismo no se encuentra ajeno a la lucha de clases. El reformismo es la versión más extendida y liquidadora del movimiento comunista histórico. Resulta determinante para la comprensión del Reformismo no partir de este fenómeno como una teoría acaba fuera del proletariado y del marxismo y que subrepticiamente se inocula en las filas proletarias (Lenin, ¿Qué Hacer? aparece el revisionismo como una teoría ajena lo cual no resuelve el problema de su comprensión). Es por ello que en primer lugar debemos analizar las bases objetivas para su desarrollo en el seno del marxismo.

Más allá de la capacidad de los/as teóricos/as clásicos/as del marxismo para llevar a cabo su propio "suicidio de clase" para formar parte de las filas comunistas (no debemos olvidar que las bases teóricas del marxismo se desarrollaron históricamente por capas no proletarias), como fenómeno histórico que se identifica con los intereses de la pequeña burguesía, el reformismo en los países Occidentales se asienta sobre las super-ganancias del imperialismo y la posibilidad de comprar a parte de la clase obrera con la plusvalía saqueada. Otras condiciones objetivas para la introducción de elementos burgueses en la ideología del proletariado revolucionario. Por ejemplo, la participación en los partidos obreros de capas de aristocracia obrera y pequeña burguesía que son nuevamente arrojados al proletariado por la competencia capitalista, manteniendo su subjetividad propia[1].

Por otro lado, desde las filas comunistas siempre se ha puesto especial hincapié en el determi-nante factor consciente que debe tener la praxis revolucionaria, y especialmente el doble carácter, legal e ilegal que debe tener la propia praxis revolucionaria. Tal y como apunta Lenin:

“El carácter relativamente ‘pacífico’ del período comprendido entre 1871 y 1914 ha alimentado el oportunismo, primero como estado de ánimo, luego como tendencia y, finalmente, como grupo o sector de burocracia obrera y compañeros de ruta pequeño-burgueses [2].”

El periodo de paz que señala Lenin, es precisamente el periodo de expansión colonial de los imperios y la apertura del sistema monopolista como base económica necesaria para dar el pistoletazo de salida al proyecto pequeño-burgués de la socialdemocracia que una y mil veces vuelve a renacer de sus cenizas.

No resulta casual que sea Lenin encomendando su lucha contra la autocracia zarista que ponga de relieve los peligros del "legalismo" para la consecución de los objetivos revolucionarios. La acción legal y marcadamente institucional pretende sustituir la amplia agitación consciente de un destacamento comunista tomando como escudo que “la acción pacífica era un momento preparativo para la revolución”. De esta forma, aunque aún las masas no hayan sido embaucadas por los principios ideológicos del reformismo (hecho que históricamente nunca ha sucedido hasta que ya era demasiado tarde), consigue desviar la acción de las masas hacia su propio terreno. Las derrotas teóricas del reformismo se acumulan junto con las victorias en el desplazamiento del eje de lucha de las amplias masas obreras. En este desplazamiento hacia las vías pacíficas se introducen en el mismo puchero a los elementos de vanguardia de la clase como a los elementos más vacilantes y oportunistas, debilitando la independencia ideológica de la propia clase [3].

Una vez asentado en el seno del movimiento obrero, el revisionismo de derecha actúa como freno para las iniciativas revolucionarias, tanto en los momentos de relativa paz intentando entretener al proletariado en la lucha por las reformas [4]; como en los momentos de reacción y dictadura abierta de la burguesía, por la conservación de la vanguardia y de las migajas obtenidas del sistema(Eurocomunismo y las políticas de compromiso histórico, reconciliación nacional o el papel de la aristocracia obrera contra las colonias).

 

2 El fin de la lucha de clases y la revisión abstracta de los principios del marxismo

 

Merece la pena analizar las líneas clásicas del revisionismo en Bernstein por ser el primero que de forma más abierta logra condensar todas las líneas burguesas en el seno del movimiento obrero, las cuales a día de hoy se mantienen con completa actualidad.

El partido de Reformas Sociales de Bernstein se caracterizaba por:

1. Negar la base económica del capital y sus contradicciones inherentes.

2. Negar la base objetiva de la clase.

3. Rechazo al fin del comunismo y la dictadura proletaria.

4. Negar finalmente la lucha de clases. No hay revolución.

El reformismo se caracteriza por una unilateralidad [5] en la comprensión teórica, su guía es el oportunismo y el pensamiento metafísico (antidialéctico). En su abandono de cualquier trascendencia universal en el marxismo, y guarnecidos bajo la "libertad de crítica" o la actualización del marxismo, se encomiendan a la tarea de la revisión abstracta de los principios del marxismo para finalmente darse de bruces con el empirismo, con la sustitución final de Hegel por Kant. Como si de la suma de acercamientos infinitesimales en las reformas del capitalismo se terminase culminando en la sociedad sin clases, el reformismo pretende distorsionar los principios revolucionarios del marxismo. Oscurece la comprensión por las masas de la esencia radicalmente distinta de la sociedad comunista, de la necesidad de destrucción del orden del capital, la necesidad de un cambio esencialmente cualitativo de la realidad presente. Y es que es precisamente la burguesía la que desea que cualquier cambio se produzca por la vía cautelosa y conciliadora de las reformas antes que por la vía decidida de la revolución.

En sus tareas por negar la lucha de clases y las bases objetivas de la explotación capitalista, atenta con las bases de la economía política marxista pretendiendo conciliarla (integración) con el liberalismo burgués, corregir también la teoría del valor de Marx de acuerdo con Bohm-Bawerk. De esta forma se niegan las contradicciones inherentes al sistema. Se argumenta que el capitalismo en su fase imperialista ha evolucionado en tal extremo que los males del capital habían quedado en el olvido y con ellos la teoría de Marx. Las crisis - se argumentaba - se han vuelto menos frecuentes (gracias a la expansión colonial de aquel periodo) y los monopolios tendrían capacidad de eliminarlas. Finalmente, el capital - o al menos eso desean nuestros reformistas - había logrado atenuar e incluso eliminar tendencialmente los antagonismos de clase.

Resulta especialmente actual y además especialmente sangrante hacer semejante aseveración pretendiendo hacernos creer que la realidad y esencia del imperialismo es la mistificación fetichista, su propio elogio de libertad entre productores, de enfrentamiento como iguales ante el mercado sin enmascarar la acumulación de plusvalía enajenada. Es por ello que el reformismo toma un absoluto arraigo en los centros imperialistas, donde el sistema se ha encargado de exportar sus contradicciones más virulentas fuera de la vista de los revisionistas. Hoy se mantiene el mismo mantra: el crédito, las acciones, la sociedad de consumo, los y las trabajadores y trabajadoras de cuello blanco, el cognitariado, las pymes como sujeto clave; hacer desaparecer al proletariado y por tanto la lucha de clases es una condición necesaria para el triunfo del reformismo.

Dentro de esta revisión abstracta y unilateral de los principios del marxismo se pone de relieve que las instituciones del capital, como la democracia parlamentaria son una refutación de la lucha de clases. Sin embargo, desde el marxismo es bien sabido que la democracia parlamentaria no solo no es una forma que elimine la lucha de clases sino que es la forma más avanzada de estructura de gobierno de la dictadura burguesa. Aparece el Estado como realidad neutra y especialmente el Parlamento como espacio para la conciliación de clase. Por su parte, el sindicato se nos muestra como instrumento para la reforma social hacia el socialismo. Para el sistema de Bernstein “los sindicatos, la reforma social y, la democratización política del Estado son los medios para la realización progresiva del socialismo.”

El estado sin embargo, es la institución de clase por excelencia, no es una estructura neutra al que se accede mediante el parlamento. Tal análisis supone la incomprensión absoluta de la teoría marxista del Estado como herramienta de clase. Una vez más confundir la apariencia de la gestión del poder burgués con detentar tal poder en el Estado. El Estado es la obra cumbre de la organización clasista de la sociedad y evidentemente, regentar su gestión no significa poseer el poder sobre el mismo. Sin duda, es en la teoría del Estado y las instituciones circunscritas a él donde el reformismo actual establece su caballo de batalla. Precisamente hoy más que nunca el institucionalismo y la democratización de las instituciones burguesas es la piedra de toque de la estrategia reformista. Las instituciones aparecen como un tablero de juego neutra, solo debemos jugar al juego para llegar a dominar el tablero nos repiten. El problema, más allá de la evidente falsedad es la repercusión subjetiva que tiene en el proletariado la desviación absoluta hacia el reformismo institucional.

Por todo ello, no debemos confundir la apariencia del parlamentarismo burgués, que tiende a ocultar su carácter de clase, con su esencia como mecanismo de la dictadura burguesa contra el proletariado. Es por ello que la burguesía no dudará en eliminar el propio parlamento si su dominio se viera amenazado de alguna forma (El propio parlamentario y miembro fundador del SPD, Wilhelm Liebknecht encarcelado por oponerse a la guerra Franco-Prusiana). La pulsión desenfrenada por el dominio del parlamento cae nuevamente en la unilateralidad, en confundir la apariencia formal de la democracia con su esencia de clase y por tanto, introducir las aspiraciones liberales de dominio parlamentario en la clase obrera. Sin embargo, el marxismo revela esta contradicción entre su esencia y su apariencia y actúa consecuentemente revelando a las masas las contradicciones de esta institución (como la formal democracia liberal frente a la abierta represión contra la auto-organización de la clase obrera, etc.).

Aparece el sindicalismo y el economicismo como las líneas necesarias para la revolución, enmascarando la incapacidad que tiene el puro sindicalismo para trascender la realidad del sistema de clases. El sindicalismo supone una pugna por las condiciones ’normales’ de la explotación obrera y, pese a ser un momento de afirmación de la propia clase y que revela ciertas formas embrionarias de autoconciencia, solo constituye un momento de afirmación como clase para el capital, como trabajador asalariado en pugna por su salario. En ningún caso el puro sindicalismo, la pura acción gris del economicismo puede borrar del mapa la ley del salario, sino hacerla funcionar normalmente.

Según las líneas clásicas del marxismo en su confrontación histórica de la línea revisionista de derecha de Bernstein, tanto la actividad parlamentaria como la sindical se concebían como momentos necesarios para la maduración del factor subjetivo de la clase. Sin embargo, Bernstein se termina aprovechando de esta circunstancia para tergiversar completamente la práctica de la socialdemocracia alemana. Se invierte la función del sindicalismo y el parlamentarismo en la estrategia socialdemócrata, no servirían para un trabajo en el terreno de desarrollo de la conciencia, sino ¡para la realización objetiva del socialismo! En la trayectoria histórica del reformismo en los Partidos Comunistas Occidentales, el sindicalismo ha sido la herramienta directa de sofocar cualquier intento de ampliar la conciencia política de la clase obrera. los obreros no sindicados se mostraron más revolucionarios[6].

Finalmente, en su objetivo por liquidar la revolución como momento cumbre de la lucha de clases del proletariado (pero no el término de la misma), solo el orden del capital es el marco válido de lucha y toda acción fuera de este ámbito es caer en el puro izquierdismo que atenta contra los objetivos de la clase obrera(o quizá atenta en el fondo contra los intereses de la aristocracia obrera (garantiti) frente a una masa precaria, parada, desmovilizada, difusa del proletariado actual). Se tacha de blanquismo, de izquierdismo vanguardista, todo intento de toma de poder político del proletariado, distorsionando la propia historia de la lucha de clases. De este modo interpretan el ascenso de la clase obrera con el modelo histórico de ascenso de la clase burguesa (la clase que verdaderamente hace de referente suyo). A través de las reformas sociales como forma de afianzar su posición obviando la necesidad de la toma del poder político y la destrucción de la antigua sociedad, se intenta vestir de burguesa la bandera histórica del proletariado llamado a supera al estado de cosas actual.

El problema histórico sin embargo, es que la fuerte afiliación en el SPD y en cualquier organización revolucionaria estaba íntimamente ligada al exitoso movimiento por victorias prácticas, por encima de sus objetivos o línea ideológica. Las masas deben experimentar en sus propias carnes la revolución y por ello no debe disociarse la línea de masas o la conquista parcial, del proceso revolucionario (Paz, Pan y Tierra como ejemplo que condensa la resolución concreta de los problemas de las masas, la transformación de la sociedad y la vivencia directa de esa transformación). Cada momento del desarrollo de la revolución, es un momento conscientemente integrado en una totalidad, la totalidad que constituye el proceso revolucionario hacia el comunismo; y es en este marco, que cada momento cobra su significación y necesidad. El problema resulta cuando el reformismo de facto ha ganado en la práctica, en la actividad militante diaria, pese a haber perdido todos los debates ideológicos. El militante de base no distinguía entonces (y ahora) entre la militancia en una línea revolucionaria y en la línea reformista de Bernstein, la práctica era idéntica aunque enmarcada en líneas opuestas. Es por ello que no es una cuestión menor la forma en la que se materializa la línea ideológica y la forma en la que el pueblo experimenta este proceso.

El propio Engels señalaba incluso la situación de renunciar a los éxitos inmediatos [7] en aras de cosas más importantes y la dificultad que esto suponía, oponer lo inmediato tangible, por la práctica que conecta en el presente, el pasado histórico con el porvenir de emancipación. En la práctica debe materializarse la línea ideológica revolucionaria y ser en todo momento conscientes de ese proceso. La socialdemocracia colapsó en su propio éxito reformista, supuso suicidar la línea revolucionaria por el absoluto legalismo. Se desvía la capacidad política de las masas y el Partido hacia reformas que los burgueses ya realizaban ante la propia capacidad organizativa de las masas fuera del parlamento. El reformismo actúa como válvula de presión del sistema capitalista embaucando a los sectores aristócratas de la clase obrera.

 

“La reforma no posee una fuerza propia, independiente de la revolución. En cada periodo histórico la obra reformista se realiza únicamente en la dirección que le imprime el ímpetu de la última revolución, y prosigue mientras el impulso de la última revolución se haga sentir. Más concretamente, la obra reformista de cada periodo histórico se realiza únicamente en el marco de la forma social creada por la revolución. He aquí el meollo del problema.”

Rosa Luxemburg, Reforma o Revolución

 

La historia nunca deberá olvidar que la reforma no es una forma "alternativa" para llegar a la revolución, sino su traición directa. Nunca deberemos olvidar los sucesos del levantamiento espartaquista, por orden del canciller socialdemócrata Friedrich Ebert, junto con el SPD y los paramilitares de las Freikorps (muchos de ellos serán cuadros determinantes del movimiento nazi) masacraron la revolución comunista y asesinando a culatazos a Rosa Luxemburg y arrojando su cuerpo al Landwehr Canal. El orden reina en Berlín, y fue el reformismo quién lo sentó en el trono.

 

3 Independencia política del proletariado

 

Como ya hemos visto, la victoria en la práctica de los partidos obreros por parte del revisionismo supone una senda directa hacia el Pantano. Tanto Lenin como Rosa Luxemburg ponían el acento en la formación de cuadros para la superación de las tendencias oportunistas. El revisionismo debe desfigurar de forma vergonzante los principios del marxismo para lograr encajar sus aspiraciones pequeño burguesas en un marco teórico revolucionario incompatible con éstas. El revisionismo siempre ha presentado una hostilidad decidida contra la teoría(análisis concreto de la realidad concreta), su gran enemiga porque logra destapar su naturaleza bastarda. Además, en el marco de la línea política revolucionaria, es la teoría de vanguardia la que encamina la acción práctica y por tanto, supone una vigilancia revolucionaria decidida contra la práctica y espontaneidad del revisionismo y sus formas reformistas.

En el marco de la victoria del reformismo, queda analizar cuál ha de ser el deber de todo militante revolucionario, si abandonar los destacamentos baluartes del reformismo o, dejar la existencia de estas tendencias en el seno del movimiento revolucionario, dejando que éste se infecte con su ponzoña contagiosa. Normalmente, la política de conciliación e integración en los destacamentos del revisionismo parten de una mala comprensión de la política de la ’unidad’ [8]. Debe primarse en cualquier caso la independencia ideológica del proletariado, salirse del partido reformista por la necesidad de clarificación teórica de la clase. “La internacional habría muerto realmente, asesinada por la unidad” [9].

La unidad de la clase se debe plantear desde la claridad ideológica y la independencia política, enmarcado además en un profundo espíritu internacionalista. No buscamos el puchero de siglas, el frente-populismo electoral sino que buscamos la revolución socialista. Engels en su Carta a Bebel arroja luz de forma casi profética sobre la concepción del reformismo de la unidad de la clase obrera tal y como se desarrolla el paradigma actual del Eurocomunismo o de las tendencias post-opperaias de Negri o Podemos:

“La pálida perspectiva, no ya de una futura acción conjunta de los obreros europeos para su emancipación, sino de una futura (. . .) Estados Unidos de Europa”

Sin la independencia política y la claridad ideológica de la vanguardia proletaria, sin que el movimiento comunista se haya ganado ideológicamente a la vanguardia de la clase en el proceso de construcción de su Partido, la prédica abstracta de la unidad con el reformismo, de la confluen-cia o de las enésimas intentonas de reforma desde dentro de estos destacamentos, no resultan más que excusas para desviarse del camino decidido por la revolución contra toda forma de explotación.

 

 

References

[1] Vladimir Ilich Lenin. Marxismo y revisionismo. 1908. “Una serie de nuevas "capas medias" son inevitablemente formadas, una y otra vez por el capitalismo (apéndices de las fábricas, trabajo a domicilio, pequeños talleres diseminados por todo el país para hacer frente a las exigencias de la gran industria, por ejemplo de la industria de bicicletas y automóviles, etc.). Esos nuevos pequeños productores son nuevamente arrojados, de modo no menos infalible, a las filas del proletariado. Es muy natural que la concepción del mundo pequeñoburguesa irrumpa una y otra vez en las filas de los grandes partidos obreros.”.

[2] Vladimir Ilich Lenin. El oportunismo y la bancarrota de la II Internacional. 1916.

[3] Vladimir Ilich Lenin. El oportunismo y la bancarrota de la II Internacional. 1916. “En realidad, la militancia formal de los oportunistas en los partidos obreros no excluye en absoluto el que sean -objetivamente- un destacamento político de la burguesía, vehículos de su influencia y agentes de ella en el seno del movimiento obrero.”

[4] Anton Pannekoek. Las divergencias tácticas en el movimiento obrero. 1909. "La finalidad positiva, real, de la política liberal de la burguesía es la de desorientar a los obreros, sembrar la escisión en sus filas, transformar su política en un apéndice impotente, de la siempre impotente y efímera política del supuesto movimiento reformista.".

[5] Vladimir Ilich Lenin. Marxismo y revisionismo. 1908. "asimilado en la época precedente de un modo extremadamente unilateral, deforme, aprendiéndose de memoria unas u otras ‘consignas’, unas u otras soluciones a los problemas tácticos y sin comprender los criterios marxistas que permiten valorar esas soluciones.".

[6] Iosif Stalin. El problema de los combates de clase del proletariado. 1928. "En el periodo de los combates del Ruhr, los comunistas alemanes pudieron comprobar el conocido hecho de que los obreros no sindicados se mostraron más revolucionarios que los obreros sindicados. Humbert-Droz se muestra indignado por ello y afirma que eso no pudo ocurrir. ¡Cosa extraña! ¿Por qué no pudo ocurrir? En el Rhur hay cosa de un millón de obreros. Cerca de doscientos mil pertenecen a los sindicatos. Los sindicatos los dirigen burócratas reformistas ligados por infinitos hilos a la clase capitalista. ¿Qué tiene de sorprendente que los obreros no sindicados se mostrasen más revolucionarios que los sindicados? ¿Acaso podía ser de otro modo?".

[7] K Marx and F Engels. Carta Circular a A. Bebel, G. Liebknecht, W. Bracke y otros. 17-18 de septiembre de 1879.

[8] Vladimir Ilich Lenin. El oportunismo y la bancarrota de la II Internacional. 1916. “Ahora toda la cuestión consiste en decidir si, como hacen Kautsky y Cía., hay que intentar introducir nuevamente ese pus en el organismo, en aras de la ‘unificación’ (con el pus), o si, para contribuir a la completa curación del organismo del movimiento obrero, es menester eliminar esa podre del modo más rápido y cuidadoso, aunque este proceso produzca temporalmente agudo dolor.”.

[9] Fiedrich Engels. Carta a A. Bebel. 20 de junio de 1873.