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Evolución de la lucha de clases en Francia : el movimiento de los chalecos amarillos

Después de muchos años de derrotas para la clase trabajadora francesa que sufre una ofensiva neoliberal, el aumento de la precariedad ha alcanzado niveles históricos, los sectores populares de la población francesa han perdido toda esperanza en el gobierno, la clase política y las instituciones republicanas que gestionan el país para el beneficio de los más ricos. El gobierno de Macron, en año y medio de gobierno, ha impulsado una ofensiva neoliberal sin precedentes en Francia: reforma laboral, del ferrocarril, de la educación, de las pensiones, debilitamiento de la seguridad social…  La arrogancia del presidente  y la represión total usada en contra de todas las contestaciones sociales (estudiantes, movilizaciones en las periferias, sindicalistas, ZAD) han terminado de hundir su popularidad.  No es el único afectado, los acontecimientos de los últimos años también han generado mucha desconfianza de cara a cualquier símbolo institucional incluyendo las organizaciones políticas de izquierda, sindicales y sociales que además solo han sufrido derrotas a través de sus luchas principalmente institucionales y legales.

 

Es en este contexto que en Francia ha estallado hace tres semanas, el 17 de noviembre, un movimiento llamado los "gilets jaunes" (chalecos amarillos) unido por el odio hacia Macron y su gobierno que movilizó a cientos de miles de personas sobre todo en zonas rurales y periferias de las ciudades. Este movimiento que se define por ser muy heterogéneo, rechazar cualquier organización institucional  y acoger a cualquiera descontento con el gobierno, ha utilizado como herramienta de lucha principal el bloqueo generalizado. Los chalecos amarillos se han posicionado en rotondas, carreteras y autopistas de todas las regiones de Francia parando la circulación o abriendo los peajes para que los automovilistas pasen gratuitamente. El movimiento no ha parado de crecer y de ganarse a la opinión pública con los días, multiplicando también los bloqueos y las reivindicaciones destacando la radicalidad y la escala de la protesta en la isla de la Reunion desde el 1er día.

 

A pesar de que muchos medios de comunicación y el gobierno intentan reducir las reivindicaciones al aumento del impuesto sobre el combustible, estas han sido muy numerosas desde el principio y con un fuerte contenido de clase. Las reivindicaciones se podrían resumir como  el fin de las políticas de austeridad, la exigencia de un mayor poder adquisitivo y una vida digna entre las que destacan: el aumento del salario mínimo y de las pensiones, techo para todo el mundo y alquileres asequibles, el fin del paro,  nacionalizar sectores privatizados como la electricidad y el gas y mejorar los sistemas públicos de educación y salud además de la  creación de un salario máximo. Este impuesto ha terminado por hacer explotar el cabreo de las clases más precarias que ya no llegaban a fin de mes, pero también de muchos otros sectores muy vinculados al combustible.

 

Es importante destacar que es un movimiento  heterogéneo que acepta todo tipo de personas incluidas racistas, fascistas y xenófobas que intentan sacar partido de la situación y del cabreo de los franceses planteando falsas soluciones. La estrategia del gobierno ha sido la de asociar el movimiento a la extrema derecha e izquierda para desacreditarlo (hay que recordar que Macron fue elegido explotando el miedo a la extrema derecha durante las presidenciales). Echando para atrás a numerosas organizaciones sindicales, políticas  de izquierda o incluso revolucionarias que no han querido participar en el movimiento al vincularlo al fascismo.

 

Algunas organizaciones o sobretodo, grupos de militantes han participado en el movimiento queriendo estructurarlo, darle una identidad de clase definida y combatir los elementos fascistas infiltrados. No hay que engañarse, la situación es muy complicada y ha habido acciones xenófobas y racistas en algunas regiones pero, justamente ahí donde las organizaciones revolucionarias y antifascistas han participado se ha podido identificar y expulsar a los fascistas del movimiento. Aunque parece destacar la clase trabajadora, en cada región o grupo de chalecos amarillos la composición de clase del movimiento varía y sus reivindicaciones también. Siendo las zonas más obreras las más combativas y con reivindicaciones de clase más fuerte como en Normandía donde sindicalistas en huelga y chalecos amarillos cooperan en los piquetes y bloqueos.  En otras zonas donde la movilización tiene un carácter más pequeño burgués, la derecha es más fuerte, y no es casualidad que las reivindicaciones se concentren exclusivamente en la bajada y eliminación de impuestos.

 

Este movimiento interclasista ha aglomerado, por ahora, a muchos trabajadores ajenos a la política siendo muchas veces sus primeras manifestaciones y acciones. Sin embargo, su determinación, combatividad y radicalidad en las formas de luchas han sorprendido a todos los actores habituales de la vida política francesa. El gobierno no ha sabido controlar la situación en ningún momento desde el 17 de noviembre y los movimientos tradicionales que llevan años atrapados en luchas institucionales se ven totalmente desbordados por la radicalidad y eficacia de las acciones. Es un movimiento que no duda en desobedecer a la policía (manifestaciones no autorizadas y recorridos prohibidos explícitamente como los campos Elíseos) ni en enfrentar a los cuerpos represivos utilizando la violencia. El movimiento ha declarado una lucha total y por ahora parece inflexible. La intención es ganar por todos los medios posibles para que el gobierno ceda a las reivindicaciones o dimita.  Se estructura lentamente y con mucha precaución porque no quiere “caras visibles” o líderes para tomar todas las decisiones desde la base: los grupos de chalecos amarillos activos en los bloqueos. Varios representantes han sido desacreditados rápidamente. Los medios y el gobierno intentan forzar la estructuración del movimiento y la aparición de cabecillas, siendo hasta ahora un fracaso (como muestra el rechazo de elegir representantes para reunirse con el primer ministro el 4 de diciembre).

 

A pesar de la instrumentalización mediática de la violencia por parte del gobierno, el movimiento ha seguido ganando apoyos y está poniendo en evidencia el rol de los cuerpos policiales como  herramientas puramente represiva al servicio de la clase burguesa y, se consolida el uso de la violencia como herramienta de defensa legitima contra la opresión. Aunque en un principio el movimiento pareció conseguir el afecto de la policía, la represión ha sido total y a una escala sin precedentes  (comparable a lo ocurrido de forma muy localizada en la ZAD el año pasado).  Los cuerpos policiales han usado todo su arsenal: infiltraciones, gases lacrimógenos, cargas, granadas de varios tipos (destacar que la policía francesa es de las pocas que usa granadas explosivas tipo GLI F4 que han arrancado la mano de varios manifestantes), camiones de agua y efectivos muy numerosos.  Solo el 1 de diciembre la policía lanzó unas 14000 granadas de todo tipo y realizó más de 400 arrestos. No hay recuento de heridos oficial desde el principio del movimiento pero se cuentan por cientos (552 heridos y dos muertes debidas a atropellos durante los primeros días), destacando la gravedad de los casos con perdidas de miembros (ojos por tiros de bolas de goma y manos por granadas), un caso de coma  y la muerte de Zineb Redouane en Marsella, mujer de 80 años herida el sábado 1 de diciembre por una granada lacrimógena y muerta en un hospital el domingo 2 de diciembre.

 

A pesar de todo este despliegue, la represión solo ha alimentado la movilización, la gente ya no se deja engañar tan fácilmente y entienden que la defensa es legítima contra los cuerpos represivos y que el mobiliario urbano, bancos, tiendas, restaurantes y coches de lujo quemados en la capital solo son riquezas burguesas que nada tienen que ver con su los sufrimientos diarios de la clase trabajadora. Al mismo tiempo la policía es inútil ante la capacidad de respuesta del movimiento que consigue enfrentarla frontalmente o sorprenderla con múltiples acciones como se ha podido en ver en los disturbios del sábado en París (quedándose el 24 de noviembre y el 1 de diciembre sin municiones en varios frentes) y otras ciudades importantes de Francia donde la policía solo pudo controlar zonas muy concretas. Para infundir más miedo, se ha puesto en marcha una justicia expeditiva siendo juzgados desde el lunes 70 detenidos: la mayoría eran trabajadores (artesanos, técnicos, obreros) sin experiencia militante que nunca antes habían ido a una manifestación a París. Casi todos han recibido penas de cárcel, incluso por llevar guantes, máscaras u otros objetos que combaten el gas lacrimógeno.

 

Por otro lado, el miedo y el hartazgo dentro de los cuerpos de policía es palpable (un sindicato de policías ha declarado huelga para el 8 de diciembre), después de semanas de movilización,  acciones cada vez más decididas, las jornadas del 24 de noviembre y el 1 de diciembre  han mostrado la ira y la determinación de los manifestantes.

 

Pero es importante recordar que el movimiento nace de las regiones, donde los bloqueos se multiplican, toman nuevas formas cada día y donde la policía no consigue muchas veces seguir el ritmo.  En muchas regiones, los bloqueos que al principio eran de carreteras e informativos se transforman. Ahora se busca bloquear centros económicos u órganos que representan al estado: prefecturas, centros de impuestos, grandes almacenes,  grandes nudos de transporte, almacenes de combustible, puertos e incluso consiguieron bloquear dos aeropuertos el sábado (Niza y Marsella). Hasta ahora el movimiento no ha parado de crecer y aglomerar nuevos sectores que vienen con sus propias reivindicaciones, diferentes sectores de trabajadores como el ferrocarril, el personal sanitario,  pero también colectivos de las periferias como el de “Justice pour Adma” (en homenaje a Adama Traoré, joven asesinado por la policía) y los que están por venir:   los camioneros y los agricultores. Aparecen nuevas huelgas sectoriales y desde el lunes 3 de diciembre, los estudiantes realizan cientos de bloqueos en los institutos por toda Francia,  uniéndose las primeras universidades el miércoles 3 de diciembre. La represión que están conociendo los estudiantes, aun siendo menores de edad, también es muy grande. Mientras tanto, las organizaciones de izquierda y sindicatos  tradicionales siguen completamente desbordados y la inutilidad de la lucha institucional y legalista se está poniendo en evidencia. Muchas de sus bases piden (o directamente realizan acciones conjuntas con los “gilets jaunes”) una alianza con el movimiento, que parece ser el primero en años capaz de plantear una lucha que hace temblar al poder y conseguir una victoria, para reforzarlo y apoyar una línea de clase dentro de este. El gobierno ha dado un primer paso hacia atrás suspendiendo el alza del impuesto sobre el combustible, congelando el precio del gas y de la electricidad pero los chalecos amarillos que llevan movilizados semanas no se dejan engañar, piden una mejora en sus condiciones de vida, por lo tanto, las movilizaciones se siguen multiplicando y la convocatoria del 8 de diciembre en París se mantiene.

 

Por último, el gobierno ha intentado imponer el impuesto con una pegatina ecológica porque iba a financiar futuras medidas en este ámbito. Muchos han criticado al movimiento, diciendo que era antiecológico y que estaba compuesto por paletos que no entendían la importancia del cambio climático. Pero sectores del movimiento han sabido darle un carácter de clase al debate ecológico, explicando que este tipo de reformas son inútiles, una estafa que solo hace recaer el peso de la crisis ecológica en la población. Han sabido señalar en sus reivindicaciones a los sectores más contaminantes  (aviación, transporte marítimo, sectores industriales vinculados a energías fósiles…) para que sean responsabilizados por su impacto ecológico. La clase trabajadora francesa no está dispuesta a pagar la crisis económica y ecológica generada por el capitalismo. Aunque sea un aspecto no central de los acontecimientos actuales,  la lucha de clases en Francia muestra como  la ecología capitalista no es más que una estafa, el capitalismo no  es capaz de tratar los problemas que el mismo genera haciendo recaer las consecuencias en los hombros de los trabajadores. Por lo que imponer un contenido de clase en los temas ecológicos se vuelve una prioridad.

 

El movimiento espontáneo de “los gilets jaunes” no es el primero de este tipo en Francia y recuerda a los disturbios de las periferias francesas de 2005 o incluso de mayo del 68.  Es un movimiento con muchas carencias, innumerables contradicciones y criticable en muchos aspectos. Pero a pesar de estar compuesto por muchos trabajadores sin experiencia militante ni sindical, está mostrando un ejemplo de la capacidad de lucha de la clase trabajadora. En pocas semanas de acción política,  trabajadores sin experiencia política anterior desarrollan acciones cada vez mejor estructuradas y más radicales mientras que se aglomera a su alrededor y el descontento de casi todos los sectores de la sociedad. Aun sin un partido que la dirija la clase trabajadora osa afrontar el poder burgués de forma decidida alcanzando un nivel de combatividad que no se había visto en mucho tiempo aglomerando. Los trabajadores están usando todos los métodos a su alcance para ganar en el enfrentamiento e intentan luchar por sus propios intereses. La huelga, arma por excelencia de los trabajadores, está siendo usada muy escasamente y aunque muchos sectores parecen estar entrando en huelga,  la huelga generalizada parece complicada de conseguir. Después de varios años de derrotas y de lucha institucional, este movimiento ha planteado una lucha sin cuartel que no ha se había visto en años. El fascismo y otros enemigos de clase acechan para aprovecharse de los acontecimientos, ahora más que nunca, es responsabilidad de la izquierda revolucionaria organizar a la clase trabajadora que no debe dejarse engañar por el gobierno u otras falsas soluciones y  proponer una lucha que defienda los intereses de clase de los trabajadores. 

W. Reutberg, militante de IC