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Ciencia e ideología

Monje: «¿Y usted no cree que la verdad, si es tal, se impone también sin nosotros?»

Galileo Galilei: «No, no y no. Se impone tanta verdad en la medida en que nosotros la impongamos. La victoria de la razón sólo puede ser la victoria de los que razonan.»

Bertolt Brecht, Galileo Galilei

 

1. Ciencia

 

Todo lo que hace falta saber sobre ciencia e ideología está condensado en cierto modo en este fragmento de Brecht. Debería tratar de rellenar un poco más esta exposición, en todo caso, así que la mención del monje de la «verdad» es una buena oportunidad para empezar a hablar de ciencia. No es fácil dar una descripción precisa de lo que se entiende generalmente hoy en día por ciencia, pero podemos hacer una amalgama de varios repositorios contemporáneos de «sentido común» para dar una descripción simple: la ciencia es a la vez un conjunto de conocimientos y el proceso que los crea, ambos compartimentalizados en diferentes disciplinas o campos. No conocimientos de cualquier tipo, sino conocimientos «correctos», «verdaderos». Verdaderos en el sentido de reflejar correctamente el mundo real. Supuestamente esto se consigue de dos maneras: primero, ciñéndose a hechos empíricos, cuantificables. La ciencia no es opinión. Segundo, aspirando a ser explicativa y predictiva. La ciencia debe ser útil.

 

Antes de empezar a desempaquetar de manera crítica esta descripción de ciencia creo es importante decir que a pesar de todo tengo una visión positiva de la ciencia. Tal y como existe hoy en día tiene una serie de limitaciones, producidas por la situación histórica concreta en la que surje, pero sigue formando parte de un movimiento progresista si se lo compara con aquello contra lo que luchaba inicialmente. Comparada con el escolasticismo medieval que pretendía derivar de manera puramente deductiva conocimientos válidos sobre el mundo supone un gran avance. Creo que es de hecho en ese sentido en el que Engels anuncian en uno de sus últimos textos que la filosofía ha sido «desahuciada» del campo de la naturelaza y de la historia: «ahora ya no se trata de sacar de la cabeza las concatenaciones de las cosas, sino de descubrirlas en los mismos hechos.»1. Sin embargo es propio del marxismo criticar las categorías recibidas, por no decir que es más divertido, así que sigamos.

 

La ciencia pretende ser verdad y no opinión. Algo que se puede compartir como aspiración, pero que tomado de manera inmediata puede llevar a ciertos problemas. El conocimiento, científico o no, nunca se impone a la sociedad desde fuera. La victoria de la razón es de los que razonan, y los que razonan siempre lo hacen en una situación concreta. Tendrán una perspectiva, una metodología, una posición de clase, un género, una raza. Sean conscientes de ello o no, toda esa síntesis de determinaciones influye de multiples formas en su trabajo. Siempre partimos de categorías preconcebidas, utilizamos un sistema conceptual específico, y es de hecho habitual que aquellos que creen estar libres de toda «idea preconcebida» sean esclavos de las ideas más banales y absurdas2. De hecho en la medida en la que actuamos siguiendo unas categorías que no creemos que existan lo hacemos de manera ideológica. Una forma de entender la ideología, por introducir la segunda mitad del tema que nos ocupa, sería la del conjunto de ideas dominantes que nos indican la manera «normal» de pensar. En ese sentido no exagero al decir que muchos profesionales de la ciencia actúan de una manera profundamente ideológica, aunque no lo quieran. Profundizaremos en esto más adelante.

 

La ciencia por tanto aspira a aproximarse de manera constante hacia la verdad. Considera un triunfo histórico el haber abandonado la especulación estéril, la teología, la superstición y el misticismo. Ahora los que razonan se ciñen a lo observable. Lo medible. Lo empírico. Cualquier intento de teorizar sobre algo fuera de lo perceptible es «metafísica» (la metafísica así entendida, por tanto, es mala; se puede entender de muchas otras formas). Como ya he dicho hay una parte justificable en esta actitud. Pero también una criticable. No tanto por pretender que el conocimiento parte de lo empírico. Creo que ésa es una afirmación cierta, aunque quizás no en el sentido inmediato, literal (centrado en un individuo concreto) en el que se suele entender. El problema consiste en creer que lo medible, lo empírico, la apariencia, es inmediatamente la verdad. La duda sobre si lo percibible es en algún sentido lo verdadero no es precisamente nueva. Los primeros filósofos occidentales ya se preguntaban sobre esto. Heráclito (¡siglo V a.C.!) ya contestaba en sentido negativo, con su famoso aforismo «La naturaleza acostumbra a ocultarse»3. Un poco más tarde, atacando las categorías económicas burguesas tradicionales, Marx afirmaba que «Toda ciencia sería superflua si la forma de manifestarse y la esencia de las cosas coincidiesen directamente.»4. Quizás puedo ilustrar este tema con un mito Romano que relata el propio Marx5. Caco, mitad ser humano mitad demonio, vive en una cueva y sólo sale de noche para robar bueyes. Para engañar a los pastores fuerza a los bueyes a entrar en la cueva andando hacia atrás, para que por sus huellas parezca que en realidad han salido de allí. A la mañana siguiente, al encontrarse con las huellas, los pastores, partiendo de las pruebas, deducen que los bueyes, saliendo de la cueva, avanzaron hasta esfumarse en medio del prado. Esto puede parecer un cuento absurdo, pero en realidad describe gran parte del proceso mental que solemos seguir para comprender el mundo. Partiendo de nuestro entorno inmediato —de las huellas— elaboramos teorías que muchas veces son lo opuesto de la verdad. El tipo de inversión o confusión asociado comúnmente con la ideología no es más que el relato del monstruo Caco. Más de cien años de avances científicos y metodológicos han conseguido que muchas veces midamos las huellas con precisión, desde muchos ángulos, que analicemos los números con superordenadores y expongamos los resultados en revistas con «peer review». Sólo para concluir que los bueyes se siguen esfumando en medio del prado.

 

Los dueños de los bueyes, si quieren recuperarlos, deben ir más allá de las huellas. Una manera en la que deben hacerlo es contextualizando. Las huellas no deben verse aisladas, sino en relación con su entorno y a su historia. Nada existe de manera aislada y autosuficiente, todo objeto no es más que la suma de sus relaciones con todos los demás objetos, la historia de su propio desarrollo en relación al resto de la totalidad a la que pertenece. Necesitamos abstraer, debido a nuestras limitaciones como seres humanos, pero nunca debemos olvidar que al hacerlo estamos tomando sólo un aspecto del todo. El pensamiento abstracto, si se quiere, nunca puede ser correcto, sólo un paso necesario a la verdad. Hegel ejemplifica esto en un texto poco conocido6: una criada va al mercado a comprar huevos. La dependienta le da unos que están podridos, con la queja correspondiente: «¡Pero estos huevos están podridos!». «¿Cómo? ¿Podridos? ¡Tú estás podrida! ¿Acaso tu padre no se arrastraba en los caminos? ¿Acaso tu madre no se escapó con los soldados Franceses? ¿Tu abuela no murió en un hospital público? ...». Hegel nos dice: la dependienta condiciona toda la persona de la mujer a un hecho aislado. Ignora toda su complejidad como ser humano, e iguala un aspecto particular con el todo. Está pensando de manera abstracta, y de aquí la insistencia del marxismo en el método [científico] como el ascenso de lo abstracto a lo concreto7. Lo real, lo concreto material, tiene que ser reproducido como un concreto ideal, conceptual, la síntesis de todas las determinaciones existentes. Es muy común en la ciencia, en su afán de excluir todo aquello que no sea inmediatamente cuantificable, el tomar en consideración sólo ciertos aspectos del objeto que se está investigando.

 

Antes de cerrar este repaso a las limitaciones de la ciencia, un último apunte sobre lo concreto. La manera común de entender el proceso de reproducción teórica de la realidad es como un proceso lineal, mecánico, en el que se añaden de manera progresiva datos o conocimientos al cuerpo científico. Sin embargo toda realidad concreta existe como lucha de tendencias opuestas, contradictorias. Es conocida la descripción de la sociedad como una lucha de clases con intereses opuestos, pero esta característica de lo real se descubre incluso en los eslabones más fundamentales: la física moderna, por ejemplo, nos dice que las partículas elementales se comportan a la vez como ondas y como partículas, algo que intuitivamente parece imposible. Incluso el propio desarrollo del conocimiento es necesariamente contradictorio: constantemente descubrimos hechos que no encajan con las teorías establecidas para explicar las cosas, y es en el proceso de solucionar en la práctica estas «complicaciones» en el que la ciencia realmente avanza. Si la apariencia del hecho va en contra de todo lo que sabemos sobre la cuestión (los bueyes no sueles esfurmarse en la nada, por volver a nuestro mito Romano), esa contradicción no debe ignorarse para llegar a una conclusión errónea, sino buscar su superación en la práctica (alguien ha forzado a los bueyes a andar hacia atrás). Marx repite una y mil veces que el principal problema de la tradicíón económica clásica, cuyo punto álgido es Ricardo, es uno metodológico: la apariencia del capitalismo, en la que el retorno de la inversión es proporcional al capital invertido, contradice la esencia científica descubierta penosamente, en donde la única fuente del valor es el trabajo humano. Ricardo, como el dueño de los bueyes, no toma el objeto investigado como un proceso histórico en donde esencia y apariencia no coinciden (incluso se contradicen), e igualmente no consigue descubrir a los verdaderos ladrones. Tenemos que esperar a Marx para llegar a la conclusión que conocemos: este aspecto en principio contradictorio no existe como error en nuestra mente, es parte esencial del capitalismo. Es, de hecho, una de las razones que explican el comportamiento convulso y caótico, plagado de crisis, del modo de producción capitalista.

 

2. Ideología

 

Nos queda hablar de cómo la razón es necesariamente la victoria de los que razonan. El genio de Brecht, en este caso, consiste en sintetizar en una sola frase una cuestión fundamental: es imprescindible analizar el proceso científico como un aspecto de la lucha de clases. Los y las profesionales de la ciencia no viven fuera de la sociedad. Están influenciados en casi cualquier aspecto de su ocupación: su método de investigación, el objeto de la misma (incluyendo qué cosas pueden o no ser investigadas rigurosamente), la manera en la que sus teorías son aceptadas o refutadas, etc. Nadie debería llevarse las manos a la cabeza si digo que en una sociedad dominada por los intereses de una clase, la burguesa, el proceso científico estará también al menos influenciado de manera muy importante por los intereses de esa clase.

 

El primer tipo de influencia que voy a comentar es quizás el más sutil. La ideología burguesa concibe su sociedad como algo natural. No existen tendencias antagónicas, los avances se consiguen con una acumulación lineal y mecánica de cambios pequeños que se realizan «en libertad». Las diferencias, de haberlas, se resuelven de manera civilizada y racional por personas que tratan de dejar a un lado sus prejuicios. No es muy difícil pasar de esta concepción social a una concepción de la ciencia similar: la creación de conocimiento científico es un proceso lineal. Se acumulan mecánicamente nuevos datos y teorías explicativas. Todas las personas involucradas sólo buscan la verdad, y evitan contaminar la ciencia con su subjetividad. Las disputas se resuelven utilizando hechos o experimentos empíricos inapelables, y las teorías refutadas de esa forma se abandonan de manera ordenada y poco dramática. La realidad es un poco diferente. Las influencias extra-científicas son muchas y muy variadas. Es frecuente que se tengan ciertos objetivos políticos e ideológicos a la hora de comenzar ciertos estudios, sean estos conscientes o no. Teorías que no parecen tener ningún tipo de corroboración empírica sobreviven durante décadas. Los enfrentamientos científicos son a menudo brutales, prolongados, y en muchos casos sólo terminan con la muerte de parte de los involucrados.

 

Estas disputas ocurren en parte porque ni siquiera existe un consenso generalizado, una visión normativa, acerca de cómo se hace ciencia. La mayoría de científicos no han sido entrenados de manera rigurosa sobre metodología y sus fundamentos teóricos, pero aunque lo hubiesen sido tendrían que haber aprendido que no existe una única visión de la ciencia. Lenin, en alguna obra suya, comenta que debemos fiarnos de los científicos cuando nos hablen de sus descubrimientos concretos, pero no cuando empiecen a hablarnos de su método. Todavía se suceden congresos y simposios8 sobre filosofía de la ciencia donde se pueden observar posturas prácticamente irreconciliables sobre cuestiones absolutamente elementales. Más allá de un par de lugares comunes (el paso de Newton a Einstein, etc) no hay mucho acuerdo entre el inductivismo, convencionalismo, falsacionismo, ... Sí que hay un interés, sin embargo, en que ese abismo teórico no sea demasiado conocido, de ahí la relativa estabilidad del concepto popular de ciencia. Concepto popular, por cierto, que recoge aspectos de esa disputa como absolutamente establecidos, aunque sean cuestionados duramente desde la filosofía de la ciencia. Quizás el ejemplo más importante sea la popularidad del falsacionismo ingenuo que se asocia a Popper, al que no pocos filósofos de la ciencia acusaron directamente de crear un concepto de la metodología científica diseñado a priori para distinguir entre lo que él consideraba pseudo-ciencias (marxismo, psicoanálisis) y el resto de ciencias «respetables» (física, química, etc). La razón de que parte de una teoría diseñada en parte con una intencionalidad política específica se haya establecido en el imaginario popular no parece muy difícil de imaginar.

 

La segunda influencia ideológico en el proceso científico, seguramente la más visible, es la instrumentalización directa y más o menos obvia de la ciencia por parte de unos intereses concretos. Debido a sus éxitos y a la ideología que la rodea la ciencia es percibida como algo objetivo, más allá de deseos o prejuicios particulares. Nada más fácil entonces que utilizar esa aura de respeto para legitimar proyectos que representan unos intereses muy concretos y para nada «universales». Hay casos muy evidentes que seguramente no se nos escapan, incluso obviando la realidad lamentable de la «economía burguesa» contemporánea: el dominio durante cierto tiempo de ideas «científicas» que «demostraban» la superioridad innata de la raza blanca sobre las demás. O, muy relacionado, los intentos recurrentes de encontrar una base biológica a la posición dominante de los hombres sobre las mujeres. El intento de imponer una visión determinista y de lucha a muerte perpetua en biología, utilizando luego esa concepción para justificar el «darwinismo social» (hay aquí un bucle fascinante entre cómo vemos lo social y lo natural, por cierto). Las teorías más extremas acaban siendo abandonadas, al menos parcialmente, y se nos asegura que una vez superada esa vergonzosa etapa pre-científica ahora sí comenzaremos a hacer ciencia objetiva. Sólo para caer de nuevo en las mismas dinámicas, quizás con otras formas, ya que la base que lleva al error no ha sido cuestionada (todas esas teorías, en general, suelen recurrir a datos empíricos que se utilizan de manera unilateral y abstracta; no necesitan más que señalar ese hecho para crear confusión entre aquellas personas sin cierta formación en la teoría científica). Otros casos menos extremos pasan desapercibidos, fuera o dentro de la comunidad científica. En general cualquier teoría científica parte de unos supuestos filosóficos o metodológicos que en mucho casos se ignoran o se toman como naturales, obvios. Es común que los grandes avances científicos pasen en última instancia por el cuestionamiento de lo que hasta entonces se veía como incuestionable (eso sí: después de muchos rodeos y pasos en falso, incluyendo el tachar de dementes a aquellos que cuestionan «antes de tiempo»).

 

Es idealista pensar que a día de hoy es posible conseguir un conocimiento absolutamente objetivo. Como individuos inmersos en una sociedad de clases siempre llevaremos sobre nuestras cabezas (como una pesadilla, diría Marx9) el peso de las tradiciones pasadas y presentes. Creemos que los intereses de las clases oprimidas representan en última instancia el interés de la totalidad, y que por lo tanto sólo desde ahí se puede aspirar a una vision completa de la realidad. Incluir conscientemente la relación entre ciencia e ideología en nuestra concepción del método no es una solución perfecta e inmediata (hay muchos ejemplos en el marxismo de ello), pero sigue siendo un paso necesario. La ciencia, como el capitalismo, lleva dentro de sí misma la semilla que nos permitirá ponerla al servicio de toda la Humanidad y arrancarla de las manos de una minoría.

 

1 Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica, F. Engels (1886)

2 La dialéctica de lo abstracto y lo concreto en 'El Capital' de Marx, E. V. Iliénkov (1960)

3 Fragmentos, Heráclito (siglo V a.C.)

4 Capital, vol. III, K. Marx (1863-1883)

5 Teorías del Plusvalor, K. Marx (1862-1863)

6 ¿Quién piensa de manera abstracta?, Hegel (1807-1808)

7 El método de la Economía Política, K. Marx (1857)

8 Historia de la Ciencia, y sus reconstrucciones racionales, I. Lakatos (1974)

9 El 18 Brumario de Luís Bonaparte, K. Marx (1852)