Mar12112018

Last update12:51:04 PM

El trabajo doméstico

La imagen que se ha construido de las mujeres en Occidente trae consigo una serie de imposiciones. Una de ellas es la asignación del trabajo doméstico como atributo natural de la mujer. Esta naturalización hace que el trabajo doméstico pierda su condición de trabajo y, por tanto, no sea socialmente reconocido. La asimilación de esa imagen nos lleva a entender como deseo algo que resulta ser una norma que nos viene impuesta. Un análisis de la función que cumple el trabajo doméstico dentro de la economía y la sociedad nos permitirá desnaturalizarlo y romper con cualquier visión universal y ahistórica del mismo.

 

El trabajo doméstico ha evolucionado con relación a la transformación de los medios de producción. Por tanto, no podemos entender el trabajo doméstico como algo inmutable. En las sociedades precapitalistas, la división sexual del trabajo no conllevaba necesariamente una desigualdad jerárquica entre las tareas realizadas por hombres y mujeres, ambas tenían una carácter necesario y complementario. Antes de la industrialización capitalista, las mujeres llevaban a cabo un importante trabajo productivo dentro del hogar mediante la elaboración de una gran parte de los bienes que utilizaban. Sin embargo, en el proceso de transición al capital, una importante cantidad de ese trabajo se trasladó a las fábricas, lo que devaluó enormemente el trabajo doméstico. Los bienes de uso cotidiano pasaron a ser elaborados en la esfera productiva, transformando radicalmente la posición social que ocupaba la mujer dentro de la familia.

 

Estas transformaciones traen consigo el surgimiento de la familia nuclear y la división entre la esfera privada y la esfera de producción, es decir, entre el hogar y el mercado. La mujer es relegada al ámbito del hogar, quedando fuera del mercado. A diferencia de la producción del trabajo industrial, el trabajo doméstico no genera beneficios, lo que provoca que la mujer adopte un rango inferior como ama de casa.

 

Esa imagen de ama de casa como algo propiamente femenino responde a la ideología burguesa y no se ajusta a la realidad de la clase trabajadora, sino más bien a las clases más acomodadas. «Según la ideología burguesa, el ama de casa no es más que la sirvienta vitalicia de su marido»1. Las mujeres obreras, que necesitaban de un salario, se vieron obligadas a obtener un empleo. Su entrada en el mercado no tuvo como consecuencia que dejara de verse como algo propiamente masculino, sino que pasó a ver a las mujeres como intrusas en un ámbito al que no pertenecían. En último término, su condición de mujer se traducía en la pertenencia al conjunto de amas de casa. El hecho de que las mujeres obtuvieran un empleo no las llevaba a ninguna forma de igualdad, ya que no las eximia del trabajo doméstico. Sus jornadas de trabajo se vieron duramente ampliadas. Es necesario entender que la liberación del aislamiento doméstico no pasa por obtener un empleo, pues esto sólo implicaría un aumento del trabajo y, con ello, de la explotación. «Los monos de trabajo no nos proporcionan más poder que el delantal».

 

Como hemos visto, el trabajo doméstico no es independiente ni existe una separación del modo de producción. Este último determina la forma en la que se manifestará y las transformaciones a las que se verá sometido. El trabajo doméstico tiene una gran importancia para el modo de producción capitalista. Tiene como función fundamental la reproducción de la fuerza del trabajo, desarrollando exclusivamente valor de uso, sin que esto suponga un coste adicional para el capital. Permite al capital pagar la fuerza de trabajo por debajo de su valor, pues cuenta con el trabajo no retribuido de la mujer en el ámbito doméstico. Las necesidades productivas del capitalismo exigen de la existencia de una familia nuclear, pero no necesariamente que la mujer se dedique en exclusivo al trabajo doméstico. La explotación de la mujer en el mercado no afecta a este modelo de organización, pues el trabajo en el hogar se seguirá haciendo y seguirá recayendo en la mujer.

 

Si el trabajo de la mujer se orienta a la reproducción de la fuerza de trabajo, es decir, al mantenimiento del obrero y a la reproducción -lo que constituye futura fuerza de trabajo-, a la mujer se le está imponiendo un modelo monógamo y heterosexual. Por lo que cualquier alternativa chocaría con un modelo de organización en el que la mujer tiene como función mantener al hombre. «Según la moral burguesa, todo lo que es improductivo es obsceno, antinatural y pervertido»2.

 

A pesar de que el trabajo doméstico es un ámbito propio de las mujeres, la cuestión de clase hace que se vean afectadas de distinta forma. Mientras la mujer obrera es obligada a alargar su jornada de trabajo para hacer frente a su empleo y a las labores del hogar, las clases más acomodadas pueden desentenderse del trabajo doméstico accediendo a la contratación de mano de obra de mujeres provenientes de países imperializados, con escasa cualificación técnica o estando en situación irregular. Son explotadas por mujeres de países occidentales, constituyendo mano de obra abaratada. De esta forma, aunque tengan la posibilidad de liberarse del trabajo doméstico, este sigue recayendo sobre la mujer. Además, vemos el despliegue de las relaciones imperialistas y cómo este fenómeno afecta doblemente a la mujer.

 

El imperialismo demuestra que el modo de producción capitalista en los países Occidentales crea unas relaciones mercantiles que favorecen a su propio mantenimiento. La superexplotación de las mujeres de países imperializados permite el surgimiento de nuevos negocios, como los servicios de comida rápida, servicios domésticos o guarderías en los trabajos que permiten una mayor conciliación o mayores comodidades a las mujeres de Occidente. Vemos como el imperialismo es capaz de transformar el trabajo doméstico en función de sus propias necesidades.

 

La necesidad del trabajo doméstico fuera del mercado para el capital fue fundamental en los inicios de la Revolución industrial. Sin embargo, a medida que el imperialismo se consolida y las trabajadoras de los países imperialistas pasan una mayor cantidad de tiempo en su puesto de trabajo, se ve cada vez más necesario que el trabajo doméstico se mercantilice y surjan nuevos negocios. Así, surge un nicho de mercado para las empresas de todo el mundo, cuya venta de servicios se orienta siempre a los centros donde se pueden consumir.

 

1 Davis A., Mujeres, raza y clase, Madrid, Akal, 2005, p. 224

2 Federici S., Revolución en punto cero, Madrid, Traficantes de sueños, 2013, p. 47.