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A 150 años de la publicación de El Capital de Marx

Hace ya siglo y medio que se publicó en Alemania el que puede ser uno de los libros más cruciales de la historia; en particular, de la historia del capitalismo. Sin duda estamos hablando de El Capital de Karl Heinrich Marx.

El gran líder del proletariado, fundador de la II Internacional y amigo y colaborador de Marx, Engels decía sobre esta obra que “Desde que hay en el mundo capitalistas y obreros, no se ha publicado un solo libro que tenga para los obreros la importancia de éste. En él se estudia científicamente, por vez primera, la relación entre el capital y el trabajo, eje en torno del cual gira todo el sistema de la moderna sociedad…”1. Y en esto es justamente en lo que radica la enorme importancia y peso de la obra de Marx. No ya en que sea un texto genial en lo que respecta a su lógica, su método científico, su precisión o su importancia en la literatura económico-científica (todo esto en términos abstractos, separados de sus conexiones con la historia real); sino precisamente en que brinda al proletariado y a todas las clases explotadas y oprimidas por el cruento sistema capitalista una explicación de su propia situación social. En otras palabras, El Capital es, principalmente, una herramienta contra la esclavización asalariada, contra la enajenación y el fetichismo mercantil y, en última instancia, una herramienta para la Revolución.

Entendido en estos términos se ve claro que es un arma en manos de los y las oprimidas del mundo. Y no un arma cualquiera; es, primero de todo un arma de clase, un arma ideológica, un arma educativa y por todo ello, un arma revolucionaria. ¿Qué puede ser más peligroso para las clases dominantes que, precisamente, las clases dominadas tomen conciencia de cuál es su condición?

En la historia del capitalismo se han dado numerosos intentos de clarificar cuáles eran los pilares de la sociedad contemporánea, qué permitía a unas clases enriquecerse mientras que otras se empobrecían; qué mecanismos llevaban a masas de desposeídos y desposeídas a trabajar sin descanso en fábricas, campos, minas, oficinas, etc., en unas condiciones pésimas, mientras los patrones se enriquecían y vivían rodeados de numerosos lujos y comodidades. Se intentó explicar desde la moral, desde la herencia “genética”, desde la “personalidad” de unos/as y otros e incluso desde la economía. Pero ninguna explicación era satisfactoria, racional y, aun menos, concreta y completa. Paralelamente a tales intentos, se probaban formas y métodos de terminar con tales “circunstancias”, todos ellos igualmente insuficientes. Ejemplos de todo ello se dan en la escuela de Smith y Ricardo, en los intentos utópicos de Saint-Simon o Fourier, en los huelguistas llamados luddistas, los cartistas, etc. Todos estos momentos históricos comparten la misma causa del fracaso: la ausencia del estudio científico y dialéctico que caracterizó justamente a Marx.

Sin duda, el hecho de explicar las causas, los motivos, las tendencias y dinámicas de una sociedad nunca estuvo separado de la intención de “parar” esa misma “rueda” que aplastaba sin pausa a millones de personas. Es decir, que tal explicación nunca fue “ingenua”, nunca fue contemplativa ni fraudulentamente objetiva e imparcial como quiere hacernos creer la academia y la ciencia burguesas. Fue siempre y desde el primero momento un intento (en realidad muchos) por brindar a la clase obrera una herramienta para su emancipación; un arma para el derrocamiento de las clases dominantes y el establecimiento de un nuevo orden de cosas. El marxismo no puede ser entendido a la forma a la que se entienden las ciencias burguesas, como mero análisis y desciframiento (recordemos a Galileo) del mundo que nos rodea. En el análisis se juega, también, la transformación del mundo. He ahí el significado de la famosísima tesis XI sobre Feuerbach, la unidad de teoría y práctica, la idea de “conocer transformando”.

Esto lo han reconocido todos y todas las comunistas conscientes. Por ejemplo, Lenin insistió innumerables veces en la importancia de estudiar El Capital no sólo para comprender correctamente la sociedad capitalista, sino para destruirla desde sus cimientos primeros y fundamentales; Stalin hablaba de El Capital como la fuente de formación principal de los y las revolucionarias bolcheviques y de cómo el cese del estudio del mismo era equivalente a la muerte y la destrucción del socialismo; Rosa Luxemburgo incluso intentó ahondar en ciertas problemáticas planteadas en la obra magna de Marx, en sus gruesos tomos sobre la acumulación capitalista. El Ché resumió brillantemente tal importancia con las siguientes palabras:

Desde la aparición de El Capital, los revolucionarios del mundo tuvieron un monumento teórico que esclarecía los mecanismos del sistema capitalista y la lógica interna de su irremediable desaparición. Durante muchos decenios fue la enciclopedia donde se bebía el material teórico indispensable para las nuevas generaciones de luchadores. Aún hoy, el manantial no se ha agotado y maravilla la claridad y profundidad de juicio de los fundadores del materialismo dialéctico.2

Efectivamente, la vigencia y la fuerza transformadora de El Capital parecen no desvanecerse en absoluto. Y a 150 años de su publicación debemos reivindicar, con incluso mayor fuerza, que esta magnífica obra debe ser estudiada profundamente, debe permanecer en el horizonte teórico de cualquier comunista.

No podemos dejar de advertir que, los resultados de la investigación para preparar El Capital, no fueron mera casualidad ni fruto de una especie de aparición. Junto con el material empírico disponible para Marx, de todo punto de vista imprescindible, la principal arma de Marx era precisamente el materialismo dialéctico. Esta cosmovisión y este método de análisis y exposición fueron fructíferos porque superaron las raíces en las que se agarraba y brotaba el pensamiento previo; fueron fructíferos porque su aplicación rigurosa, de la cual es ejemplo primordial, precisamente, El Capital, permitía estudiar una realidad realmente compleja e intrincada que no cesaba en su movimiento y en su evolución. Esta herramienta no partía ya de una visión estanca del mundo, tampoco comenzaba su investigación tratando de localizar la esencia de un fenómeno en el espíritu, ni tampoco veía a las cosas como separadas y ajenas las unas de las otras.

Precisamente, lo genuino del marxismo como cosmovisión y método era y es, la superación de todo el material anterior sobre bases nuevas y robustas que permitían analizar y transformar (esto es realmente novedoso en la historia) la realidad material en sus diversos aspectos, todos interrelacionados los unos con los otros de manera concreta y especifica. El marxismo es un salto cualitativo en la praxis humana porque hace consciente a la práctica y ésta misma se convierte en el fundamento de la teoría. El marxismo ve la unidad de lo diverso; consigue vislumbrar lo concreto en una maraña abstracta, a primera vista, de hechos y fenómenos aparentemente inconexos. Y este enorme potencial teórico se convierte inmediatamente, en manos de la clase revolucionaria de la sociedad, en un “misil dirigido a la cabeza de la burguesía”, en un elemento imprescindible para la transformación radical de la sociedad contemporánea en su conjunto.

Es precisamente por esta fuerza que la academia burguesa trata de menospreciarla y neutralizarla; trata de situarla como un simple “enfoque” de la realidad centrado en la “economía”. En otros casos, en especial en las tendencias derechistas del movimiento comunista se trata de hacer creer que esta obra está caduca, está limitada “por su tiempo” y que tenerla como referencia principal supone anquilosarse o, incluso, convertirse en “ortodoxos/as”, en “dogmáticos” y en “religiosos/as”. Pero, ¿Qué es realmente lo que significa entender a El Capital de esa forma? En primer lugar significa renunciar al método y a la concepción científicas de la realidad; significa negar de principio a fin el papel de la teoría para el movimiento revolucionario; significa vender a los y las oprimidas al yugo del imperialismo; supone negar toda independencia del proletariado y los pueblos oprimidos con respecto a la burguesía; etc. En última instancia supone negar el marxismo de principio a fin, lo que sin pegas conduce a negar la posibilidad de destruir, negar y superar la sociedad capitalista. Y es precisamente esto, y no otra cosa, lo que los reformistas buscan y hacen; esto, y no otra cosa, por mucho que lo decoren y que lo nieguen.

Por ello, a 150 años de la publicación del primer tomo de El Capital, reivindicamos su estudio concienzudo: no se trata de traer El capital a 2017 para, utilizando un bisturí, separar “lo vivo” de “lo muerto” en la obra de Marx. Se trata de situarnos en la cosmovisión y el método marxista para analizar el presente, para enfrentarnos a los problemas acuciantes del presente, para llevar a cabo el análisis concreto de la situación concreta. Fue Rosa Luxemburgo quien, de forma preciosa, describió en unas pequeñas líneas la actitud que las y los marxistas debemos adoptar ante la obra de Marx:

Bien entendido que la obra capital de Marx, como su ideología toda, no es ningún evangelio en que se nos brinden verdades de última instancia, acabadas y perennes, sino manantial inagotable de sugestiones para seguir trabajando con la inteligencia, para seguir investigando y luchando por la verdad.3

 

1 Reseña del primer tomo de El Capital de Carlos Marx para el “Demokratisches Wochenblatt” F. Engels. 1867 

2 Apuntes Críticos a la Economía Política. Ernesto Ché Guevara. La Habana. Ed. Ciencias Sociales. 2012. 

3 La acumulación del capital Rosa Luxemburgo. 1913