Dom04302017

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La victoria del "NO" en el plebiscito colombiano

Estupor y decepción a un tiempo ha provocado en el campo popular el triunfo del voto negativo al acuerdo de paz alcanzado, tras los diálogos de La Habana, entre el Gobierno de Colombia y la guerrilla de las FARC-EP.

En un artículo publicado el pasado 8 de julio de 2016, en la página web de la Red internacional de Solidaridad Con las Prisioneras y Prisioneros Políticos Colombianos, cuando se daba por hecho que los acuerdos de paz llegarían a buen puerto, Dax Toscano desgranaba un análisis según el cual los riesgos fundamentales del proceso de paz eran los siguientes, no necesariamente por orden de importancia:

En primer lugar, señalaba el temor respecto a la dejación de las armas por parte de la guerrilla, dejando a la militancia inerme frente a un aparato estatal policial, militar y paramilitar que utilizaría cualquier recurso para deshacerse de los revolucionarios, recordando la experiencia de la masacre de la Unión Patriótica, hace tres décadas.

Por otro lado, apuntaba los interrogantes respecto a que podría pasar con las imputaciones penales contra los comandantes guerrilleros, condenados en ausencia a muchos años de prisión.

Y finalmente, apuntaba al peligro de “dejarse llevar por la democracia burguesa”, convirtiéndose en un partido centrado en lo electoral con lo que ello conllevaría de aburguesamiento de al menos un sector de la organización.

Sacamos a colación dicha aportación porque entendemos que, tras la victoria del no, esos peligros se incrementan exponencialmente. Es evidente que el propio proceso de paz (conversaciones de La Habana), arrancan de la constatación de la existencia de un “empate histórico” en el conflicto colombiano o, utilizando terminología marxista, de un equilibro estratégico entre el Estado y la Guerrilla, traducido no en que la influencia de ambas partes beligerantes sea equivalente, sino más bien en que ningún bando parecía capaz de derrotar al otro en el terreno militar.

Analizar en profundidad las causas de dicha situación, para la guerra y para la paz (sea esta en los términos que se cristalice), corresponde en primer lugar a las gentes revolucionarias de Colombia, pero basta decir ahora que el resultado del referéndum parece apuntar a que el Estado y su aparato ideológico gozan de una hegemonía muy amplia, lo que explica tanto la abstención masiva como el voto del no en dicha consulta popular, lo que explica la paradoja de que, aparentemente, el pueblo colombiano, más de 40 años después, parece haber votado por la guerra.

El problema de la hegemonía ideológica, aún en las duras condiciones de represión en las que se ha desarrollado el conflicto colombiano, es algo que debe hacernos reflexionar, de tal modo que el aislamiento de la guerrilla y los fallidos intentos de conseguir unas bases de apoyo lo suficientemente amplias y decididas, sobre todo en el medio urbano, están detrás de la parálisis de la proyección de la guerra popular como mecanismo para la toma del poder, y es algo que lastra la conversión a un proyecto político si se mantiene ese mismo objetivo.

Por otro lado, no es baladí la importancia que tiene Colombia para el imperialismo en el continente americano, de tal modo que parece, tal como apunta el prisionero político Hubert Ballesteros, que “la oligarquía colombiana prefirió sacrificar a Santos, antes que reconocer como lo hace el acuerdo, que en ese país es necesario remover las causas económicas y políticas que originaron el conflicto armado”.

Podemos ir incluso más allá observando las declaraciones del Presidente Santos (el supuestamente derrotado por el resultado de la consulta), que analizaba los resultados en clave optimista, señalando que seguiría trabajando por la paz pese a todo. Parece que Santos y su equipo de asesores, entre los que se encontraba el ex-comandante guerrillero salvadoreño Joaquín Villalobos, reconvertido en los años 80 a las bondades del capitalismo, y el israelí Shlomo Ben Ami, son conscientes que, pese a todo, el proceso de paz es irreversible. Más aún, la paz le saldrá más barata al estado, ya que se ahorrarán la agenda de medidas sociales y políticas, colocando a la organización que abandona las armas en una situación muy delicada respecto a la represión policial, paramilitar y judicial que, con la legitimidad del resultado de la consulta, se puede abatir sobre su militancia.

En ese sentido, el Estado gana por cuanto consigue terminar con el conflicto armado manteniendo intactas las bases económicas y políticas del sistema.

Parece que la guerrilla, al contrario que el Estado, no tiene un plan B, habiendo adoptado un proceso sin marcha atrás en el camino del desarme, peticiones de perdón incluidas, lo que apunta a un proceso “a la vasca”, en el que la fuerza guerrillera adoptará medidas de abandono de la lucha armada sin contrapartidas pactadas.

El peligro de división entre quienes podrían reinsertarse en el proceso colombiano sin mayores problemas, por no tener reclamaciones judiciales pendientes, y quienes quedan en una situación de grave inseguridad es también algo que hay que considerar. En otros procesos de paz habidos en otras partes del planeta dicha división se ha consumado de un modo inexorable y doloroso; la capacidad de análisis, experiencia política y voluntad revolucionaria de una organización se va a poner a prueba para encarar los retos del futuro; esperamos acierto para ellas/os.