Mar12112018

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La Renta Básica Universal

En los últimos años la renta básica universal ha ganado popularidad entre los movimientos progresistas a nivel mundial. Finlandia, Canadá o Irán entre otros han llevado a cabo experimentos con ella, y en diferentes países varios candidatos a la presidencia han prometido implementarla si resultaban ganadores. Aunque en el Estado español se convirtió en un tema de debate entre la población general a raíz de que Podemos la incluyese en su programa electoral para las elecciones europeas de 2014, ya era desde mucho antes una de las banderas de diversos movimientos feministas, sindicalistas y sociales, que la consideran una forma efectiva de paliar algunos de los peores efectos que el capitalismo tiene sobre los sectores más precarios de la población.

A pesar las críticas más frecuentes a la renta básica suelen venir desde posturas conservadoras, que tachan la medida de idealista e irrealizable, también ha encontrado apoyo en ciertos sectores neoliberales y pro-capitalistas. Se hace necesario pues ahondar un poco en la propuesta y analizar qué peligros puede esconder y cuál podría ser su potencial emancipador. ¿Cuál es su historia? ¿Qué consecuencias tendría? ¿Por qué ha saltado a la palestra en estos últimos años a nivel global? ¿A quién beneficia?

De qué hablamos cuando hablamos de renta básica universal

Es importante antes de nada especificar a qué nos referimos cuando hablamos de renta básica universal; primero para poder estudiar sus virtudes y sus defectos de la forma más precisa posible, y segundo porque es un término que se suele utilizar con significados ligeramente diferentes. Entendemos por renta básica universal el pago incondicional e ilimitado en el tiempo a todos los ciudadanos de un Estado (independientemente de su situación económica) de una misma cantidad de dinero suficiente para poder vivir dignamente.

Cada uno de los aspectos en los que se ha hecho énfasis es crucial para la definición de renta básica universal:

-El pago es incondicional, es decir, no depende de la situación individual (del nivel de ingresos, de la situación laboral, etc.) ni exige ningún compromiso al beneficiario, como podría ser la búsqueda activa de empleo. El único requisito sería por tanto de edad y, tal vez, de ciudadanía.

-El pago es ilimitado en el tiempo, que se podría considerar un caso particular del punto anterior.

-El pago no es en especie: no es un descuento del alquiler, ni un bono de comida, sino dinero.

-La cantidad de dinero es la misma para todos los beneficiarios, independientemente de su situación personal.

-La cantidad es suficiente para vivir dignamente sin otros ingresos añadidos.

Aunque hay propuestas menos “ambiciosas” que consideran que el pago no debería ser incondicional, sino estar sujeto a una serie de requisitos (excluyendo a quienes ya tienen un cierto nivel de ingresos, por ejemplo) o que la cantidad no tiene por qué ser suficiente para vivir sino ser un ingreso complementario, creemos que es necesario utilizar la definición anterior por dos motivos: para empezar, si no se aplica sobre toda la ciudadanía no se puede llamar “universal”, y si no da para vivir no se puede considerar “básica”; y para seguir porque algunos de los argumentos de quienes la defienden descansan precisamente en esas dos características, como veremos más adelante. Creemos entonces que para ofrecer la versión más sólida de los argumentos pro-renta básica universal es necesario utilizar esta definición; muchos de estos argumentos, igual que la mayoría de las críticas, aplican también a las versiones menos estrictas del término.

Breve historia de la renta básica universal

La renta básica universal como ha sido definida en la sección anterior surgió hace aproximadamente medio siglo. Sin embargo, la idea central (que el gobierno debe garantizar a sus ciudadanos un nivel mínimo de ingresos) es mucho más antigua y puede encontrarse hace ya cuatrocientos años bajo diferentes nombres y con distintos matices.

A pesar de que la convivencia de la pobreza extrema con el lujo desorbitado aparece en nuestras mentes como algo tan antiguo como la humanidad misma, lo cierto es que esto es sólo la consecuencia de la hegemonía capitalista de los últimos siglos. Durante la mayor parte de la historia de la humanidad las sociedades cazadoras-recolectoras aseguraban un nivel de vida mínimo a quienes que no podían valerse por sí mismos (desde las tribus nativas norteamericanas a los esquimales). La división del trabajo y el aumento de la producción excedente trajo consigo la sociedad de clases y la desintegración de esas redes de apoyo en favor de otras más reducidas: la familia nuclear o el propio individuo.

Durante siglos, en occidente se consideraba tarea exclusiva de la Iglesia ocuparse de aliviar la pobreza de los más desfavorecidos, pero esta concepción fue erosionada por el Renacimiento. Ya en 1516, Tomás Moro presentaba en su novela Utopía un diálogo en el que uno de sus personajes defendía unos ingresos mínimos para toda la población como forma de disminuir el número de robos (y de condenas a muerte por ese motivo). Juan Luis Vives presentó un plan de renta básica por primera vez como un plan real sobre esa época, centrándose en ayudar a las personas pobres que demostrasen ser dignas de la ayuda demostrando su intención de trabajar.

Más de doscientos años después, Thomas Paine, uno de los padres fundadores de EEUU, defendió un “dividendo ciudadano”: un pago a todos los ciudadanos estadounidenses financiado mediante impuestos a los terratenientes. Así, cualquier persona mayor de 21 años recibiría hasta cumplir los 50 un pago periódico por parte del gobierno que garantizase un nivel mínimo de ingresos.

En 1836, Charles Fourier (tachado por Marx de “socialista utópico”) expuso que la civilización coartaba los derechos naturales de las personas a cazar, pescar, recolectar fruta y tener ganado pastando libremente, y que por tanto la civilización estaba en deuda con aquellas personas incapaces de poder satisfacer unas necesidades mínimas. Esta idea serviría como inspiración para ideas cada vez más cercanas al concepto de renta básica universal a lo largo del siglo XIX.

Ya en el siglo XX la idea de unos ingresos mínimos garantizados empezó a formar parte del debate público. En 1953, el economista de Oxford G. D. H. Cole acuñó el término “renta básica” como parte de una economía planificada. En la década de los 60 figuras tan diferentes como Martin Luther King y Richard Nixon apoyaron públicamente ideas similares, y se llevaron a cabo algunos experimentos sociales al respecto en EEUU. En esa misma época, Milton Friedman, el economista neoliberal que fuese asesor de Margaret Thatcher y Ronald Reagan e inspirador de las medidas liberales de la dictadura de Augusto Pinochet en Chile, defendía una idea similar, el impuesto negativo, como sustituto del estado del bienestar, al que consideraba ineficiente.

En la década de los ochenta la idea empezó a ser debatida más ampliamente en países europeos (principalmente en Dinamarca y Holanda), en forma de un “salario ciudadano”. Esta discusión se extendió, aunque de forma más tímida, a Gran Bretaña y Alemania, y más tarde a Francia y el resto de Europa.

¿Por qué ahora?

Aunque, como hemos visto, la renta básica viene de lejos, en los últimos años parece ser un tema recurrente en las discusiones acerca de cómo solucionar o mitigar los efectos más negativos del capitalismo. Desde algunos sectores se apunta al avance de la automatización y el desarrollo de la inteligencia artificial como la preocupación principal que da alas a esta medida a ambos lados del espectro político, puesto que la pérdida de puestos de trabajos podría ser insostenible bajo la lógica actual. Este miedo estaría bien resumido en una historia (seguramente falsa) que se cuenta desde hace varios años: Henry Ford le mostraba las maravillas de la automatización en la línea de ensamblaje a Walter Reuther, un reputado líder sindical de la industria del automóvil, y le preguntaba con sorna cómo pensaba cobrarle las cuotas del sindicato a los robots; Reuther le respondió: “¿Y cómo piensas hacer que te compren coches?”.

Aunque este escenario parece preocupar sinceramente a algunos de los defensores de la renta básica (y es lo que empujó a Bill Gates a proponer seriamente que los robots empezasen a pagar impuestos), es posible que la respuesta al resurgir de la medida no requiera mirar tanto al futuro. Hoy mismo la lógica capitalista ya destruye puestos de trabajo al renovarse ciertos sectores (como por ejemplo el energético) sin preocuparse de capacitar a quienes los ejercían para reciclarse e integrarse en otros puestos, ya sean de nueva creación (por ejemplo en los que se crearían en el sector renovable) o previamente existentes.

Las contradicciones entre clases dentro del capitalismo, si bien adormecidas por épocas, empiezan a ser cada vez más evidentes a lo largo y ancho del globo: la productividad no ha hecho más que subir desde 1850, y nunca antes ha habido una producción industrial tan alta como ahora. Sin embargo, la jornada laboral se ha mantenido en esencia constante desde hace décadas; la sobre-explotación de quienes tienen empleo convive con el desempleo elevado en muchos países, sobre todo cuando azotan las crisis cíclicas del capitalismo; la desigualdad entre los trabajadores y los capitalistas se ha acrecentado; y ocho personas acumulan tanta riqueza como la mitad más pobre del planeta. En este contexto de opulencia desmedida de unos y empobrecimiento y desesperación de otras, no es de extrañar que la redistribución de la riqueza se ponga sobre la mesa.

La defensa de la renta básica universal

Quienes abogan por la implatanción de una renta básica universal lo hacen por diferentes motivos, aunque no todos tan inocentes como nos gustaría creer.

Los argumentos progresistas a favor de la renta básica son numerosos. Como hemos comentado en la sección anterior, es de justicia asegurar un nivel de vida mínimo en un mundo en el que la producción de bienes es más alta que nunca antes en la Historia. Además, una cierta izquierda “post-trabajo” defiende que ayudaría a deteriorar el vínculo existente entre aquellas actividades a las que se considera trabajo y el sueldo, una reinvidicación feminista clásica. La importancia que se da bajo el capitalismo al trabajo productivo remunerado oculta que el capitalismo necesita del trabajo reproductivo como del aire. El trabajo doméstico, que en su inmensa mayoría realizan mujeres de forma no remunerada, es lo que permite la reproducción y mantenimiento de la mano de obra, a la vez que le da la posibilidad al capital de pagar a la mano de obra por debajo del valor de su fuerza de trabajo. En este contexto, la renta básica pondría de manifiesto la “arbitrariedad” de qué trabajos son remunerados y cuáles no.

Otro argumento a favor de la renta básica es que podría servir como una suerte de caja de resistencia constante y universal. La clase obrera se podría permitir ir a la huelga para mejorar sus condiciones sin poner en riesgo su supervivencia o la de quienes dependan de ella. Además permitiría resolver el problema de la reconversión de quienes pierden su puesto de trabajo a otros sectores, a la vez que abre la posibilidad a ser más exigente con los trabajos a aceptar. Este colchón, se argumenta a veces, liberaría a los capitalistas del miedo a una caída del consumo que les frena a la hora de aumentar la automatización, y conllevaría un aumento de la productividad.

La renta básica daría también más libertad a quienes se organizan en movimientos sociales o políticos para poder centrarse en esa actividad; esto permitiría mantener una sociedad más combativa y avanzar más rápidamente hacia un mundo mejor. Además, la seguridad económica y el aumento del tiempo libre fomentaría además estilos de vida más sostenibles medioambientalmente, al desplazar el foco de la producción capitalista de mercancías hacia el ocio.

Otro aspecto crucial sería que acabaría con la pobreza, y sería un sustituto digno a otros planes de ayuda existentes, que requieren que quienes se benefician de ellos demuestren no tener recursos; el pago universal y automático liberaría a los beneficiarios actuales de la caridad humillante y de tener que someterse al escrutinio estatal. Además, sería de esperar una reducción del gasto público por la disminución de los crímenes y las enfermedades relacionadas con la pobreza.

Desde el marxismo más idealista se ha presentado a la renta básica universal como un medio para hacer una transición pacífica (e inmediata) al comunismo, sin tener que pasar por la propiedad común de los medios de producción y yendo directamente a una sociedad en la que cada persona, si bien no trabaja según su capacidad y recibe según su necesidad, sí trabaja según le apetezca y recibe al menos lo mínimo para vivir dignamente. Así, la renta básica permitiría realizar ya el ideal comunista que describía Marx en La ideología alemana (1846):

“En la sociedad comunista, donde cada individuo no tiene acotado un círculo exclusivo de actividades, sino que puede desarrollar sus aptitudes en la rama que mejor le parezca, la sociedad se encarga de regular la producción general, con lo que hace cabalmente posible que yo pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar el ganado, y después de comer, si me place, dedicarme a criticar, sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o crítico”.

Cabe preguntarse frente a todo esto cómo pueden entonces apoyar esta medida neoliberales como Milton Friedman, darwinistas sociales como Charles Murray o capitalistas de Silicon Valley como Marc Andreessen, Elon Musk o Mark Zuckerberg.

La renta básica puede ser el sueño neoliberal: permitiría reducir las “ineficiencias” del gobierno y servir como excusa para eliminar programas sociales o facilitar la privatización de sectores como la sanidad o la educación. Además, minimizaría las interferencias gubernamentales con la mano invisible del mercado: la existencia de una red de seguridad, facilitaría destruir medidas como el salario mínimo, y se daría rienda suelta a la destrucción de puestos de trabajo liberando al capitalista de toda responsabilidad (legal y moral) de reinserción en el mercado laboral de quienes pierden su empleo.

Esta desmantelamiento del estado del bienestar encajaría dentro de la filosofía liberal de ver al trabajador como consumidor. La renta básica serviría para fomentar una orientación hacia la “libre elección” del consumidor en el mercado. En este sentido, la renta básica sería un caballo de Troya del neoliberalismo: éste aceptaría un gasto casi sin precedentes de fondos públicos (recaudados a través de sus odiados impuestos) para financiar un pago universal a toda la sociedad a cambio de deteriorar la infraestructura pública.

El apoyo de los entrepreneurs milmillonarios de Silicon Valley puede entenderse como una más de las soluciones tecnocráticas a problemas sociales que suelen florecer en esa zona del norte de California, abonada por la alta concentración de capital. Por una parte, sus fortunas han crecido de forma exponencial sin que parezca que haya a la vista un cambio en esa tendencia, y sin tener que recurrir (al menos de forma evidente para ellos) a la superexplotación de otros sectores, sino beneficiándose de un mercado en expansión. Esto ayuda a cultivar una visión tecno-utópica del mundo, en el que la tecnología (y las riquezas que creen que ésta genera) puede permitirles no tener que elegir entre teta y sopa: sus cuentas bancarias pueden seguir inflándose a la vez que se disminuyen las fricciones de clase al repartir las migajas de sus superbeneficios.

En línea con el argumento neoliberal, la liberación del capital de responsabilidad sobre los puestos de trabajo ayudaría a mejorar la aceptación social de ciertas tecnologías “disruptivas” (del estilo de Uber), a la vez que la renta básica actuaría como una subvención al capital, permitiendo imponer condiciones de trabajo más “flexibles” (es decir, peores).

Bajo su perspectiva tecnócratica, la renta básica (que serviría entre otras cosas para sacar al emprendedor que piensan que vive dentro de cada persona) debería evaluarse en términos empresariales. La renta básica podría suponer, creen, la conversión del gobierno en una especie de gran corporación, donde los ciudadanos están en nómina y la efectividad de las medidas sociales empezarían medirse no en base a su utilidad pública sino a su efectividad como multiplicador del capital.

Con grupos tan diversos y con fines tan distintos compartiendo cama parece difícil hacerse una idea clara de cuáles podrían ser los efectos reales de la implantación de una renta básica. ¿A quién beneficiaría?

La crítica burguesa a la renta básica universal

La crítica más habitual desde el punto de vista burgués a la renta básica universal se basa en dos puntos íntimamente ligados: en un sistema en el que el trabajo no es fuente de realización personal ni social sino una actividad en la que no queda más remedio que involucrarse para poder sobrevivir, un sueldo garantizado suficientemente alto desincentivaría el trabajo al eliminar la necesidad de trabajar para poder llevar una vida digna, y la producción caería irremediablemente; esto, junto con el alto coste inicial, haría que la renta básica fuese económicamente inviable.

Los experimentos piloto que se han hecho a lo largo del mundo con la renta básica universal no parecen ser suficientes para convencer a quienes temen que su implantación pudiese significar el colapso del sistema económico, a pesar de los resultados positivos de muchos de ellos: no se aprecian caídas en el empleo, y sí una disminución en enfermedades físicas y relacionadas con la salud mental y en accidentes laborales, además de un aumento del tiempo de escolarización. Uno de los motivos principales de las dudas son las limitaciones inherentes a este tipo de programas piloto, que tienden a no ser universales ni básicos, sino que se aplican a grupos reducidos y más como ayuda económica que como una cantidad suficiente para vivir. En Finlandia, tal vez el programa más conocido, la renta básica no fue universal, sino ofrecida a un grupo reducido (2000 personas), y no era suficiente para vivir (apenas 500€ en un país donde el sueldo mínimo de una persona en el sector de la limpieza a jornada completa es de 1200€). Con pocas excepciones, los programas piloto suelen tener una vida corta, puesto que los gobiernos los suelen encontrar demasiado costosos.

Además, existen dudas sobre si la nula caída en los empleos puede estar vinculada a que quienes recibían la ayuda eran conscientes de que no sería para siempre y que abandonar el puesto de trabajo durante el tiempo que durase el programa les dificultaría la inevitable reincorporación futura.

La otra gran objeción es que es directamente inviable. Para la mayoría de los países, un programa como el descrito supondría entre un 10 y un 40% del PIB. En el caso del Estado español hay diferentes estudios realizados sobre el coste de un programa así, teniendo en cuenta las diferentes formas de financiación y de la cantidad repartida a cada ciudadano, que han sido incorporados en un estudio-recopilación del banco BBVA. Si no se aumentasen los impuestos y se sustituyesen todas las ayudas sociales (seguro de desempleo, pensiones, becas, ayudas a la vivienda, etc.) se obtendría un pago de 532€ al mes, que está por debajo del umbral de la pobreza (situado en 622€). Si se quisiese asegurar un pago de 622€ al mes, justo en el umbral de la pobreza, y recordemos que habiendo eliminado cualquier otra prestación social, la medida supondría al Estado unos costes de 187.870 millones de € al año, más del 10% del PIB anual.

Esta figura hay que ponerla en perspectiva con los gastos del actual estado del bienestar, que la burguesía ya considera insostenible y que se está esforzando en desmantelar bajo esa excusa: las ayudas actuales de seguro de desempleo, pensiones, becas, ayuda a la vivienda, ayudas por situación de precariedad, etc. suponen 92.222 millones de € al año, menos de la mitad del programa (raquítico) que se implantaría; la educación supone un 4.1% del PIB; y la sanidad el 6.26%.

No es de sorprender que a los críticos burgueses les asuste la implantación de una medida que hay quienes consideran “la extensión lógica del estado del bienestar” cuando ya están en proceso de desmantelar el actual.

Una crítica marxista-leninista de la renta básica universal

Por su parte, la crítica más evidente desde el marxismo es que la renta básica no es una medida revolucionaria sino reformista,  y que por tanto está condenada a fracasar o, peor aún, a reforzar al propio sistema. Cabe preguntarse si esta objeción no es izquierdista; al fin y al cabo, el estado del bienestar fue una reforma del sistema capitalista y a la vez la lucha por frenar su desmantelamiento es uno de los principales frentes de la izquierda organizada. ¿No puede entenderse la renta básica como la conclusión final del estado del bienestar? ¿No es acaso nuestra misión caminar sobre la cuerda floja entre el izquierdismo, condenado al inmovilismo por negarse a apoyar cualquier movilización parcial, y el reformismo, que está dispuesto a vender la esperanza de una revolución a cambio de migajas de la mesa de los poderosos? Para conocer el verdadero potencial de esta medida, como siempre, no pueden bastarnos eslóganes generales, sino que hay que estudiar sus particularidades.

Desde el marxismo tal vez lo más sencillo para empezar sea abordar la cuestión idealista que ve en la renta básica una forma de hacer una transición pacífica del capitalismo hacia el comunismo, y que incluso cita a Marx para hacer un paralelismo entre la medida y el comunismo que describió en su época humanista. La renta básica universal es una medida distributiva: mientras la propiedad de los medios de producción se queda intacta, los productos son distribuidos de tal forma que a nadie le falte lo necesario para vivir. Sin embargo, el marxismo se centra en la producción y no en la distribución: el propio Marx consideró un error centrarse en la distribución de los productos en lugar de en la reorganización de la producción en su Crítica al Programa de Gotha (1875):

“Aun prescindiendo de lo que queda expuesto, es equivocado, en general, tomar como esencial la llamada distribución y poner en ella el acento principal. 

La distribución de los medios de consumo es, en todo momento, un corolario de la distribución de las propias condiciones de producción. Y ésta es una característica del modo mismo de producción. Por ejemplo, el modo capitalista de producción descansa en el hecho de que las condiciones materiales de producción les son adjudicadas a los que no trabajan bajo la forma de propiedad del capital y propiedad del suelo, mientras la masa sólo es propietaria de la condición personal de producción, la fuerza de trabajo. Distribuidos de este modo los elementos de producción, la actual distribución de los medios de consumo es una consecuencia natural. Si las condiciones materiales de producción fuesen propiedad colectiva de los propios obreros, esto determinaría, por sí solo, una distribución de los medios de consumo distinta de la actual. El socialismo vulgar (y por intermedio suyo, una parte de la democracia) ha aprendido de los economistas burgueses a considerar y tratar la distribución como algo independiente del modo de producción, y, por tanto, a exponer el socialismo como una doctrina que gira principalmente en torno a la distribución. Una vez que esta dilucidada, desde hace ya mucho tiempo, la verdadera relación de las cosas, ¿por qué volver a marchar hacia atrás?”

Marx deja aquí claro que el énfasis de la militancia comunista no debe ser la redistribución la riqueza existente, sino la toma de control de la producción (y por tanto de la generación de la nueva riqueza).

Igual de interesante puede ser leer qué pudo decir Marx de un sistema similar a la renta básica: las leyes de Speenhanmland. En los albores del capitalismo en Inglaterra, la acumulación primitiva ocurrió no mediante la revolución técnica de los medios de producción o su producción masiva sino mediante el cambio del uso de los medios de producción ya existentes: las tierras comunes y feudales se convirtieron en tierras privadas para ser usadas en la forma capitalista. Miles de campesinos que antes se encontraban atados a la tierra eran de repente trabajadores desposeídos cuya única posibilidad de sobrevivir pasaba por vender su fuerza de trabajo. En este contexto surgieron en Inglaterra las llamadas Leyes para pobres, que regulaban la vida de las crecientes masas desposeídas. Su intención era disciplinar la fuerza de trabajo, castigando la mendicidad y prescribiendo largas jornadas de trabajo. En 1795, el municipio inglés de Speen se estaba enfrentando a la hambruna que asolaba su territorio y al aumento del precio del trigo cuando decretó “obligar a las parroquias a abonar un subsidio que complete los salarios de los trabajadores pobres de manera que se alcance un umbral para cuya determinación se toma en consideración la composición del hogar y que queda indexado con respecto al precio del trigo”. Esta medida (muy similar a la propuesta de la renta mínima de Ciudadanos en el estado español) sería una suerte de renta, aunque ni básica (no es suficiente para vivir por si sola, sino que depende de la composición del hogar) ni universal (sólo aplicaba a trabajadores), que dirigía por primera vez la asistencia pública no a los incapaces de trabajar o a los desempleados, sino precisamente a quienes ya disponían de un trabajo. Este sistema estuvo en funcionamiento hasta 1834, cuando se abolió (junto con el resto de leyes para pobres) en favor de un nuevo conjunto de leyes con objetivos similares: las Nuevas Leyes para Pobres.

Aunque Marx y Engels no hablaron del sistema Speenhamland en concreto, sí analizaron las antiguas leyes para pobres en el contexto de la acumulación capitalista primitiva, y los efectos negativos que tuvieron. En concreto, Engels escribió en La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845):

“Mientras las Leyes para pobres sobrevivieran era posible complementar los bajos salarios de los trabajadores rurales en base a las tasas utilizadas. Esto, sin embargo, llevó inevitablemente a reducciones en los salarios ya que los granjeros, naturalmente, querían que la mayor parte posible del costo para mantener a los trabajadores estuviera a cargo de las Leyes para pobres”.

Por su parte, en el primer volumen de El Capital, Marx escribió:

“A fines del siglo XVIII y en los primeros decenios del siglo XIX, los terratenientes y colonos ingleses impusieron a sus braceros el salario mínimo absoluto, abonándoles menos del mínimo en forma de jornales y el resto en concepto de socorro parroquial”.

Marx y Engels por tanto conocían y atacaron la existencia de medidas redistributivas, en tanto que permitían al capitalista librarse de la única obligación que tiene hacia el trabajador: la compra de la fuerza de trabajo por su valor.

La intención de incluir estas citas no es en absoluto intentar cerrar el debate mediante el argumento de autoridad. La máxima marxista-leninista de “análisis concreto de la situación concreta” impide buscar todas las respuestas a las preguntas actuales buceando en textos de hace ciento cincuenta años y actuar como si no se pudiese añadir, enmendar o actualizar nada más; por el contrario, es vital entender cuánto de los debates actuales es específico de la época presente. Sin embargo, también es importante ver en qué medida pueden ser una nueva entrega de cuestiones ya estudiadas, y cuánto de los antiguos argumentos aún sigue vigentes: esta es una de las tarea fundamentales (y de las más complejas) del análisis marxista. Por tanto, no se pretende colocar estos fragmentos de Marx en un pedestal como la verdad eterna e inmutable, sino precisamente mostrar que no puede intentar agitar una única cita para justificar que el cuerpo teórico marxista respalda nuestra postura, que es es lo que intenta hacer el uso interesado de la cita de La ideología alemana.

Dicho lo cual, una defensa de la renta básica desde el marxismo no podría estar completa sin explicar por qué la oposición histórica a a poner el foco en la distribución no es aplicable en el mundo actual. Teniendo en cuenta que el marxismo se ha centrado desde sus orígenes en el estudio de las relaciones de producción, la idea de que el capitalismo (un sistema de producción concreto) puede ser superado sin cambiar éstas supondría una revisión casi completa del núcleo central de la teoría marxista.

El análisis marxista siempre ha puesto el énfasis en la producción y no en la distribución porque entiende que la segunda no es más que una consecuencia de la primera. Aunque la desigualdad atroz sea la prueba más evidente de la ruina del sistema actual, donde tres mil millones de personas viven con menos de dos euros al día mientras que empresas como Apple acumulan más efectivo que más de la mitad de los países del mundo, ésta no es más que el resultado de la anarquía que caracteriza la producción capitalista, en la que la “lógica del mercado” empuja maximizar las ganancias incluso a costa de parar la producción, en la que la automatización de tareas se presenta como un peligro para la clase trabajadora y no como una liberación, y en la que la sobreproducción da lugar a crisis y no a abundancia. Estas contradicciones del capitalismo no son coyunturales, sino que son inseparables del mismo, son la consecuencia de la propiedad privada de los medios de producción y de la competencia en el mercado; ninguna reforma puede acabar con ellas ni con sus consecuencias finales.

Dejando de lado el eterno debate de reforma o revolución, la implantación de una medida así sería una demostración de poder de la clase trabajadora casi sin precedentes dentro del capitalismo. Esto es así porque la crítica burguesa a la renta básica universal encierra una verdad: es un proyecto increíblemente ambicioso. Conseguir que el programa no se convirtiese en un caballo de Troya del neoliberalismo requeriría extraer grandes cantidades de dinero de las personas más ricas y poderosas a la vez que se mantienen los logros actuales. Lo cierto es que el balance de fuerzas no parece estar de nuestro lado: el movimiento obrero organizado está en retroceso en casi todos los frentes, incapaz de plantar cara hace no demasiado a una reforma laboral durísima; el estado del bienestar está siendo atacado sin descanso, y aunque los esfuerzos para defenderlo han conseguido parar los efectos más destructivos no parecen haber sido suficientes para frenar los intentos de quienes quieren ver la sanidad y la educación en manos de grandes empresas; el paro sigue siendo una enfermedad crónica de la clase trabajadora, y la única salida que se ofrece es el emprendimiento individual o unos trabajos cada vez más precarizados e inseguros. Esta realidad nos plantea dos posibilidades: que el plato que estamos pidiendo no esté en el menú o que sí lo esté, pero envenenado.

Para comentar el papel que una renta universal podría jugar en el debilitamiento de la red de soporte de la clase trabajadora hay que partir de que el salario que ésta recibe va más allá de la nómina mensual. En estados como el español, la lucha obrera organizada y sobre todo la amenaza de la expansión del socialismo por la existencia de la Unión Soviética sirvieron para conseguir una serie de servicios públicos que son gratuitos en el momento de uso, como la sanidad pública y la educación, junto con la prestación por desempleo, las pensiones públicas, etc. Esto supone también una suerte de salario social, incluso cuando no aparece reflejado de forma positiva en nuestras nóminas. Bajo una organización socialista de la producción, este salario social se ampliaría, de tal forma que además de una sanidad y una educación mejor dotadas, éste modelo se extendería a otros sectores críticos, como el de la vivienda, el transporte e incluso la alimentación; la renta básica, por su parte, es un refuerzo de la parte privada del salario y una posible vía de debilitación de la social. La visión socialista se encuentra enfrentada a la máxima liberal que resumió Margaret Thatcher en su infame cita: “La gente que pide constantemente la intervención del gobierno está echando la culpa de sus problemas a la sociedad. Y, sabe usted, la sociedad como tal no existe: hay individuos, hombres y mujeres, y hay familias”. El socialismo rompe con esa visión atomizada de la sociedad, y entiende que sí hay un interés común que defender. Las soluciones socialistas, por tanto, deben ir más allá de intentar producir consumidores individuales “bien equipados” para participar el mercado, dejando la producción a la mano invisible y a las leyes de la oferta y la demanda; por el contrario, deben atacar la propia idea de que el mercado es el espacio donde hemos de satisfacer nuestras necesidades, siempre de forma individual. Éste es uno de los puntos centrales de la crítica a la renta básica desde el marxismo-leninismo.

En esta misma línea, cabe preguntarse algo: si estuviésemos en la situación en la que el movimiento obrero puede plantar cara y conseguir arrancar una medida como la renta básica universal a la burguesía, ¿sería este el mejor uso de esa fuerza? Llegados al punto en el que la clase obrera puede asegurar su existencia digna sin necesidad de trabajar para los capitalistas, ¿por qué dejarles a cargo de la producción? ¿Por qué permitir que exista una clase que vive a expensas de la explotación de la inmensa mayoría? ¿No hace falta una educación con más medios? ¿O una sanidad más rápida? ¿O una transición del sector energético a energías renovables para mitigar los efectos más catastróficos del cambio climático, que pagan como siempre las más pobres?

Frente a quienes plantean que en la situación actual una medida así podría utilizarse precisamente para aumentar las ganancias de los capitalistas y minar la red de soporte de la clase obrera, desde uno de los defensores más vocales de esta medida en el estado español, la Asociación por la Tasación de las Transacciones financieras y por la Acción Ciudadana (ATTAC) se plantea la implantación de un salario máximo y la subida del salario mínimo: el salario mínimo permitiría evitar el efecto que Marx y Engels comentaron en relación al sistema Speenhamland, y el salario máximo pondría un límite al enriquecimiento, impidiendo que la acumulación de riqueza fuese el motor de la producción. A estas alturas hemos pasado ya a diseñar un mundo a la carta, en el que la dificultad de asegurar que una ley no tenga efectos perjudiciales debido a la debilidad relativa de la clase trabajadora se soluciona con más leyes, de más difícil implantación y ejecución incluso. Todos los problemas reales se ignoran y se pasa a discutir sobre el sistema ideal, no sobre el actual, en una regresión de doscientos años a un socialismo utópico que buscaba una transición pacífica al socialismo a través del debate razonado con los capitalistas (que se convencerían de lo maravilloso del nuevo sistema una vez conociesen sus bondades). Estos intentos de superar las contradicciones internas del capitalismo a golpe de ley no son nuevos: ya Proudhon planteó ideas parecidas, no queriendo entender que no son las leyes las que determinan el sistema económico sino al revés, hace ciento cincuenta años. Estas ideas le hicieron convertirse en los blancos de las críticas de Marx y Engels en su momento, que dedicaron no pocas páginas a refutarle, acusándole de idealista y de hacer socialismo para pequeño-burgueses.

Bajo esta etiqueta de “socialismo pequeñoburgués” es posiblemente donde mejor encajen las propuestas para una renta básica universal. Capaz de imaginar un mundo mejor que éste, pero no un sistema mejor que el que nos aplasta, aspira a conseguir un capitalismo sin proletarios; intenta quedarse con la mitad bonita de la fotografía sin aceptar que el capitalismo y la explotación son, por definición, inseparables; y está dispuesto a desafiarlo todo salvo la sacrosanta propiedad privada.

Sin embargo, no es impensable que, bajo circunstancias muy concretas, pudiese existir un estado con una medida similar a la propuesta. Países imperialistas de primer orden como Suiza, que ya planteó un referéndum para una renta universal (aunque muy por debajo del salario mediano del país) podrían llegar a vivir una utopía parecida dentro de sus fronteras, con una clase obrera completamente liberada de la obligación del trabajo salvo por el incentivo de mayores ingresos. Como todo aquello que sólo parece realizable en el Primer Mundo, esta utopía tendría que sostenerse bajo la explotación aumentada de los más pobres entre los pobres, que tendrían que mantener con aún más trabajo las ganancias que de otra forma se perderían. Como comunistas y como clase obrera, nuestras aspiraciones no pueden ser construir un socialismo de lujo sobre las rapiñas de la explotación imperialista.

No es sorprendente que sea precisamente en países del núcleo imperialista donde florezca principalmente la idea de que una convivencia armoniosa de trabajadoras y capitalistas es posible, y de que un reparto más equitativo podría dejar a todas las partes satisfechas. Dentro de nuestras fronteras se acumulan las riquezas producidas y arrebatadas al resto del mundo, y al confundir nuestra realidad inmediata con la realidad del mundo entero separamos acumulación y explotación como si fuesen dos fenómenos independientes. Pero precisamente porque un estado imperialista es el lugar más fértil para que florezcan estas teorías de conciliación que se sustentan sobre las espaldas de las explotadas, se hace necesario presentar alternativas desde la izquierda que rompan de verdad con las causas de nuestros males, y no sólo cambien su fachada.