Mié07262017

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Los fastos del 40 Aniversario del 15 de junio

En estos días recibiremos el consabido bombardeo mediático sobre la efeméride de los 40 años de las elecciones “libres” del 15 de junio de 1977. Hemos pues de disponernos con paciencia a soportar un coro unánime de loas a la tan ejemplar transición y a los silencios cómplices sobre los aspectos oscuros de un proceso pretendidamente tan ejemplar.

Se pretende aleccionar a las nuevas generaciones, las que no había nacido en esos tiempos lejanos, convirtiendo las luchas de aquellos tiempos y el balance de la historia en una especie de asamblea en el que actores de distintas procedencias ideológicas se pusieron de acuerdo para establecer un modelo de idílica convivencia.

El objetivo es que esta visión sesgada de nuestro pasado reciente sirva como guía en la actualidad para avanzar hacia una segunda transición en la que banqueros y desahuciados, empresarias y trabajadoras, torturadores y torturados, se abracen y se den fraternalmente la paz.

Hablamos de un proceso electoral, en 1977, en el que la mayoría de las fuerzas revolucionarias e independentistas seguían ilegalizadas, y en el que el PCE obtuvo el visto bueno para participar con sus siglas a cambio de una serie de concesiones sin fin: abrazar la bandera de los sublevados de 1936, aceptar la monarquía impuesta por Franco, disciplinar a la clase trabajadora en sus reivindicaciones, acatar una ley de punto final para los criminales franquistas, mantener a represores y torturadores en el aparato del estado, policía y judicatura, mantener las bases norteamericanas en nuestro suelo... El recuerdo de este procesos y su infamia se ve difuminado y deformado con el paso de los años como en el capítulo de los espejos de “Luces de Bohemia”, de Valle-Inclán.

El olvido de una realidad en la que el pueblo trabajador luchaba y regaba con su sangre las calles, contra un sistema que a la postre es el mismo que, con distintos ropajes, nos oprime ahora, es muy interesado. Se trata de mostrar los conflictos sociales como algo superable con buena voluntad, despojar éstos de sus bases materiales, presentar la rebeldía y la lucha como producto de la inmadurez individual y colectiva, y deslizar la idea de que debemos resignarlos a que, a través de unas instituciones configuradas para mantener lo esencial del sistema opresor, capitalista y centralista, se pueden y se deben canalizar las demandas populares.

Se sacraliza la idea de la “moderación” como el único modo racional de actuar y la resignación frente a un mundo intuitivamente percibido como injusto por amplias capas de la clase trabajadora como la única actitud loable a adoptar.

En una revista satírica de los años 70, llamada “Hermano Lobo”, salió una viñeta en la que un tipo trajeado decía “en política un servidor es moderado, porque oprime al pueblo con moderación”. La vigencia de esa viñeta 40 años después del cambalache de la transición estremece pero clarifica.

Porque el poder (económico, por supuesto) y sus sicarios no hace especial alarde de moderación con sus EREs, con su represión amparada en su muy democrática Ley Mordaza y su no menos moderado Código Penal, con sus amenazas a Catalunya, con sus cárceles y sus montajes policiales y judiciales.

En estos días, un muchacho de Altzasu, encarcelado por uno de estos montajes a los que desgraciadamente estamos acostumbrados, ha sido sancionado con 11 días de aislamiento por la grave falta de decir Eskerrik Asko (gracias en euskara), a unas personas que se había movilizado en solidaridad con él y sus compañeros frente a la prisión. Alguien dirá que esto no tiene nada que ver con lo que estábamos hablando ¿Estamos seguras?

Iniciativa Comunista