Jue11232017

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4 feminicidios en 24 horas

Quizás deberíamos preguntarnos qué pasaría si cuatro hombres hubiesen sido asesinados a manos de mujeres en las últimas 24 horas en el Estado español. Pongamos por caso cuatro empresarios, o cuatro padres, o cuatro maridos. ¿No reaccionaría el mundo de alguna manera? ¿No se generaría una polémica en torno a ello? ¿No se daría voz en todos los espacios públicos a los colectivos defensores de estos hombres? ¿Acaso pensamos que se atrevería algún medio de comunicación a pasar de puntillas sobre un asesinado, dando por noticia unas leves heridas en la asesina? ¿No se tornaría esta situación en un estado de alarma social de primer orden?

Pero sin embargo, se trata de mujeres. Mujeres que son personas, vecinas, amigas, madres, hijas, compañeras, que somos nosotras. Mujeres que, al ser mujeres, no valemos nada. Y como son mujeres, se impone el silencio, se hacen pasar por cuerpos o por cifras. Y mientras, sigue engordando desorbitadamente la lista de las que ya no están, mientras parece que sólo algunas llevamos el recuento y la memoria. 

No podemos seguir mirando hacia otro lado ante el hecho de que los feminicidios son sólo la expresión más brutal de una violencia que se aplica sobre nosotras, las que no valemos nada, todos los días de nuestras vidas en nuestras calles y en nuestras casas. Porque sin tanta violencia, que no es más que represión, ya no seríamos más “las que no valemos nada”. Nos humillan porque somos dignas, nos reprimen porque ejercemos resistencia, nos asesinan porque no hay otra forma de callarnos.

Asesinarnos, o dejar que nos asesinen, sale barato comparado con lo que perderían quienes poseen en este mundo si perdiéramos el miedo. Aplicar violencia sobre nosotras es su forma más barata de mantener el statu quo, de tener madres y amas de casa, de tener cuidadoras, escuchadoras, organizadoras, limpiadoras, cocineras, y un largo etcétera de esclavas a su disposición en todas las esferas. Igualmente, silenciarnos e invisibilizarnos es su manera más efectiva de mantenernos dormidas, aisladas unas de otras, inconscientes de esta situación. 

Ante esta realidad, nuestras mayores armas son la solidaridad y la organización: Para que no sigan engordando las listas de asesinadas; para que no haya más mujeres que callen por estar solas o que no estén por haber hablado; para que deje de salirles barato matarnos, y al menos tengan que escuchar nuestras voces. A las asesinadas solo podemos ya recordarlas, y rendirles nuestro mejor homenaje: continuar la lucha.

Estas mujeres y todas las demás son nuestras muertas. ¡No habrá olvido ni perdón!