Jue08172017

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Sobre la victoria de Trump en las elecciones de los EEUU

Muchos análisis comunistas de lo que ha pasado este 8 de noviembre en los EEUU comenzarán con algo que es a la vez cierto pero insuficiente. Clinton y Trump, los dos, eran y son dos caras de un mismo proyecto. Ambos defienden el proyecto imperialista de los EEUU, y ninguno tiene la más mínima intención de cambiar los pilares fundamentales que definen ese país. Ante esto es completamente legítimo repetir que hay un problema de base que trasciende las falsas alternativas electorales. Ninguno de los dos es una solución real, y cualquiera que de los dos traerá miseria y guerra para la inmensa mayoría. El ciclo interminable de elecciones del «mal menor» y lo electoral y reformista como solución a todos los males es de hecho lo que nos ha traído hasta aquí. De nuevo para muchos era imposible ver más allá. De nuevo muchos han elegido no participar. Pero muchos otros lo han hecho, y han elegido a Trump, y es importante tratar de entender qué ha pasado, por qué, y qué consecuencias puede tener. No sólo porque los EEUU son el país más poderoso del planeta, sino porque los procesos que se están desencadenando allí también lo están haciendo en Europa y otros lugares. Ser comunista y no hacer esto es abdicar ante una de las tareas más importantes a las que nos enfrentamos.

 

Sigamos acumulando obviedades. Trump ha sido uno de los candidatos a la presidencia de los EEUU más racistas, machistas, xenófobos y pseudo-fascistas de la historia reciente. Lo ha identificado toda la extrema derecha, que le apoya con auténtica pasión, pero también la abrumadora mayoría de los medios de comunicación más «respetables» y buena parte de la izquierda, que le han atacado por ello. Contra esta desconcertante unanimidad hay cierta tendencia a desconfiar y decir que seguramente no sea para tanto, o que Clinton quizás no lo decía pero en la práctica sería igual. Si todos los medios dicen lo mismo debe haber gato encerrado. Contra esto decimos: Trump es verdaderamente más reaccionario que Clinton en algunos aspectos importantes. El hecho de que aún así haya ganado las elecciones es preocupante. Se tiende a asumir que los medios le han atacado porque causa escándalo una opción política que defiende públicamente que todos los méxicanos son violadores, todos los musulmanes terroristas, que los negros no pueden ser verdaderamente estadounidenses (incluído el actual Presidente, que habría nacido en Kenya), que las mujeres que aborten por cualquier motivo deben ser perseguidas o los gays curados con electrocuciones. No es así. Esos medios son cómplices de la normalización de esos discursos y han convivido en extrema placidez con ellos históricamente. Pero el marxismo, si sirve de algo, debe poder explicar por qué ese contenido envuelto en un programa simplón e idealista de libre mercado y capitalismo de «rostro humano» y populista convence en porcentajes récords a buena parte de la clase trabajadora. Si entendemos el origen de ese discurso podremos entender las verdaderas razones de su aceptación por las llamadas «clases medias», más allá de banalidades sobre su supuesta estupidez. También podremos entender el motivo de la oposición hasta el momento de parte de la fracción dominante de la burguesía, más allá de conspiraciones televisivas sobre los Illuminati.

 

Los EEUU son originalmente un país de colonos blancos. Sus dos momentos fundacionales son el genocidio de la población nativa de Norteamérica y la importación de esclavos negros de África. Varios siglos de historia han terminado con la estratificación de jure de su población. También han erosionado esa estratificación de facto, pero no la han eliminado. Por el contrario, la gran mayoría de pobres en los EEUU siguen siendo no-blancos, siguen siendo mujeres, siguen siendo migrantes. Las clases asalariadas blancas, y hasta hace no mucho sólo los hombres, han tenido mayor acceso a trabajos relativamente bien remunerados gracias al expolio rentista del imperialismo. Y no sólo trabajos de «cuello blanco», sino trabajos de manufactura donde gracias a la organización sindical y el miedo a la amenaza comunista mundial se podían garantizar sueldos compatibles con la paz social. Este desarrollo histórico en su conjunto crea casi necesariamente una superestructura donde el racismo y el chovinismo, sobre todo, sirven de justificación para esa situación desigual del proletariado. Una ideología con la materialidad de una división de tanques, pues día tras día se utiliza para mantener esa división siguiendo unas líneas más o menos bien trazadas. Pero la lógica del capital es implacable y ninguna situación es estática. Ante la caída sostenida de la tasa de ganancia cada vez una mayor cantidad de esos trabajos han sido transferidos a la periferia mundial. La caída del bloque socialista y el «consenso neoliberal» no han hecho más que acelerar este proceso, y la única respuesta ante la desindustrialización, el paro y la caída salarial ha sido la «austeridad» y la represión. Los que antes tenían poco ahora tienen menos, y lo que antes era el corazón industrial y próspero de los EEUU ahora agoniza oxidado y desesperado.

 

La situación anterior en cierta medida no es tan diferente a la que pueda haber hoy en día en el Estado español, pero aquí entra un juego una especificidad determinante de los EEUU: su posición histórica concreta abre la puerta a una supuesta salida de la crisis particularmente derechista. Alguien como Trump puede utilizar el terreno abonado del resentimiento de clase legítimo de parte de la población y plantar en él una semilla envenenada. Puede señalar a las «élites» (sobre todo políticas y culturales, pero en ocasiones y con moderación a las empresariales) como culpables de dejar en la cuneta a los trabajadores, especialmente los trabajadores blancos. De no preocuparse de buscar alternativas a la pobreza y el paro. Pero gracias a la historia de EEUU puede fácilmente mediar ese odio de clase a través de la raza y el género y culpar directa o indirectamente a los más oprimidos. A los inmigrantes, sobre todo, pero también a negros, nativos, hispanos, musulmanes o mujeres. Consigue así redirigir un odio real hacia el objetivo equivocado para el proletariado, pero no para él. Revive el viejo proyecto fascista de movilizar a los estratos medios lanzados al abismo de la crisis simultáneamente contra los más oprimidos y contra la «corrupción y degeneración» de las «élites». Alimenta los prejuicios más chovinistas de una parte de la población contra el resto, y una vez que esta chispa prende en las mentes llega casi a cobrar vida propia. Consigue, con la inestimable ayuda del resto de partidos, desmovilizar todavía más a buena parte de la población asqueada por el espectáculo de la política burguesa; una desmovilización que suele ignorarse pero que es también fundamental a la hora de obtener los resultados deseados. Eso sí, Trump siempre se asegura de jamás llegar hasta el fondo del problema. Entre otras cosas, y quizás éste sea el detalle más delirante de todos, porque no le interesa personalmente: Donald Trump es un mil-millonario que ha conseguido convencer a la mayoría de la población de que él va a defender los intereses de (parte de) la clase trabajadora. Podrá atreverse a enemistarse con buena parte de la burguesía estadounidense y sus ideólogos, pero jamás cuestionará las bases económicas que de hecho les permiten dominar la sociedad.

 

Trump, si quiere mantener mínimamente sus promesas, tendrá que ir en contra de buena parte de la estructura imperialista contemporánea. Hay cosas que simplemente jamás podrá complir, como la creación de millones de trabajos industriales bien remunerados en los EEUU. Hay otras que en principio parecen posibles, asumiendo que realmente desee hacerlas, como un repliegue internacional y una vuelta al pasado aislacionista y proteccionista. En la medida en la que esto va en contra de todos los intereses económicos de los EEUU la presión que recibirá para no hacerlo será gigantesca. En la medida en la que esto va en contra de los intereses políticos de EEUU como potencia imperialista dominante el mero hecho de que sea una opción sobre la mesa marca el comienzo del declive de ese país. Y en la medida en la que el fascismo en el pasado también pasó de manera fulminante del repliegue nacional de palabra al expansionismo militar más brutal en la práctica no deberíamos descartar escenarios profundamente alarmantes. Hay otras cosas que seguramente pueda, quiera y deberá cumplir para mantener su base electoral, como una intensificación de la represión interna de minorías raciales y nacionales, una legitimización de los valores más reaccionarios, misóginos y racistas. Es muy probable que nomine a algunos de los jueces más conservadores que jamás se hayan visto para la Corte Suprema, por poner un único ejemplo.

 

Sólo hay dos salidas posibles a la crisis del capitalismo internacional. Trump representa la aceptación de la salida más chovinista y reaccionaria. Clinton no representaba ninguna salida, sólo cuatro años más de intensificación de la lógica que nos ha llevado a Trump: un desangrado lento en clave nacional, y la misma barbarie imperialista de siempre en el resto del planeta. La verdadera alternativa es un proyecto internacionalista, comunista y revolucionario. Existen las bases para ello, el marxismo no hace castillos en el aire. Millones de personas en EEUU tienen hoy más miedo que ayer por su futuro, y esperan una verdadera solución. Los y las más pobres o se han abstenido o han votado a la desesperada y sin convicción a Clinton. También millones de blancos han rechazado profundizar en las raíces del odio que alimentan su país, y muchos otros pueden hacerlo en el futuro. En su organización está la esperanza, tanto en EEUU como en otros lugares donde con sus diferencias se reproducen escenarios similares. Nada está decidido de antemano. La victoria de la barbarie no está predestinada, al igual que no lo está la victoria del comunismo y una sociedad libre de opresión. Lo que podemos hacer los y las comunistas ahora es apuntar hacia la posibilidad real, materialmente realizable, de esa sociedad sin clases y luchar con todas nuestras fuerzas por ella allá donde estemos. El verdadero sentido de la «necesidad histórica» del comunismo es precisamente el ser la única alternativa al capitalismo que se devora a sí mismo. No como solución mágica e inevitable, sino como proyecto histórico y consciente del proletariado. Que ese proletariado tenga ciertas fracturas históricas hace ese proyecto más difícil, pero no menos necesario, y como dijo alguien hace mucho tiempo sería muy conveniente el sólo querer afrontar aquellas tareas en las que tengamos asegurada la victoria de antemano.